lunes, 12 de agosto de 2013

Una nueva vida

El cielo amenazaba con tormenta esa tarde de agosto, mientras Dylan Jones salió de casa de sus padres, en el barrio de Riverside. Tomó Clare Street hacia el centro de Cardiff para desviarse a la derecha en Green Street y salir al puente que da al centro de la ciudad. No cruzó el puente, sino que entro en los jardines del río Taff y caminó río arriba, por la orilla derecha. El aire olía a lluvia y a vegetación pudriéndose en los márgenes del río.

Mientras caminaba, algunos ciclistas se cruzaron en su camino, pero Dylan Jones estaba tan absorto en sus pensamientos que incluso alguno de esos ciclistas tuvo que parar para no arrollarlo. Seguramente pensó en la cita que le esperaba, junto al puente de la presa, un poco más arriba. Allí se citó con la que había sido su novia los tres últimos meses, Clarisse Jenkins. Ella era la primera novia que Dylan Jones había tenido, pero desde hacía un par de semanas, los dos jóvenes de dieciocho años se habían separado, según Clarisse, porque Dylan era un inmaduro y no estaba preparado para una relación, aunque él fué quien tomó la decisión de acabar con la relación.

Dylan Jones llevaba tiempo dándole vueltas a una idea. No le gustaba estudiar y se veía abocado a trabajar en la ferretería de su padre, pero ya se había hecho a la idea. Incluso había incluido a Clarisse en su vida. Se veían únicamente los fines de semana, se emborrachaban y se acostaban juntos en la habitación vacía que un amigo de ellos tenía en su piso compartido. Parecía una vida fácil. Un trabajo tranquilo, una familia, una mujer a su lado. Pero algo dentro de él se resistía a creer que eso era todo. Tan sólo tenía dieciocho años, toda la vida por delante. Toda una vida para pasarla en la ferretería, y con Clarisse.

Cuando se encontraban pasaban la mayor parte del tiempo en silencio, paseando por el parque si no llovía o viendo una película en el cine. Luego iban a casa de su amigo, bebían todos juntos y contaban historias graciosas sobre sus compañeros de la escuela. Clarisse siempre contaba la noche en la que bebió tanto que perdió la consciencia y la policía la llevó al hospital, y apareció su madre, y la cara que puso, y siempre reía al llegar a ese punto de la historia, pero Dylan no lo encontraba gracioso, aunque reía las primeras veces, pero luego ya ni siquiera reía y aborrecía a Clarisse siempre que contaba esa historia delante de todos. Siempre que pasaba una tarde a solas con ella pensaba en que podría estar haciendo en ese momento.

Una noche, la pareja estaba en casa de Tom, el amigo que les dejaba dormir en la habitación de su piso. Tom era unos años mayor que Dylan. Un día, Dylan le preguntó a Tom por el antiguo inquilino de esa habitación. Era un chico de veintitrés años, que trabajaba en una oficina en Cardiff Bay. Un día le dijo a Tom que dejaba la habitación, porque se iba a vivir a Canadá. Dylan se mostró interesado e insistió a Tom para que siguiese. <>. Dylan quiso saber más, pero todos los presentes se rieron de ese chico, así que Dylan no quiso parecer un imbécil también y dejo el tema. Pero a cada rato, cada día, imaginó a ese chico, solo en un país nuevo, buscándose la vida, empezando de cero. Conociendo gente, haciendo nuevos amigos. Cuando estaba en la cama con Clarisse, después de hacer el amor, se imaginaba como vivió ese chico en esa habitación, como pasó sus últimos días antes de atreverse a dar ese salto. La habitación le parecía a Dylan un santuario, porque pese a estar medio vacía, quedaban algunos datos reveladores de la persona que vivió en ese espacio. Objetos en los que no reparó las primeras veces, pero que luego veía cargados de simbolismo. Un libro. Un lápiz. Una púa de guitarra. Un posavasos con un texto en francés...

Tumbado en la que fue cama de otro durante meses, Dylan trataba de adivinar más detalles de esa vida fugaz, de esa presencia que aún vivía en su imaginación después de ocupar ese mismo espacio durante un tiempo diferente. Hablaba en voz alta, pero a Clarisse parecía irritarle el tema. <> pero Dylan solo oía a Clarisse sin entenderle, como un sonido monótono a su lado y se veía finalmente a sí mismo como ese chico. Era una señal que le decía que sólo iba a vivir una vez, y que algo de lo que hacía ahora estaba mal. Algo estaba privándole de sus sueños, le alejaba de la melancolía que sentía por todos esos lugares que aún no había visto, y cada día daba un paso más hacía una vida mediocre. Así que llegó a la decisión de que tenía que irse a Canadá.

Por supuesto, no se lo dijo a Clarisse ni a sus amigos. Quería tener un proceso tranquilo y lento, que la idea fuese cogiendo fuerza dentro de sí para, llegado el momento, partir sin tener que escuchar las opiniones de los demás, que ya adivinaba negativas. Se imaginaba comunicando la noticia a sus amigos una noche, y solo con pensar en la reacción de estos, se sonrojaba. Lo primero que hizo fué dejar a Clarisse. Ella se enfadó mucho, pero no lloró ni parecía triste. Se limitó a insultarle a él, diciendo que nunca encontraría a nadie que aguantase sus tonterías y sus fantasías estúpidas, que aún era un niño y ella necesitaba un hombre de verdad, que le había hecho perder el tiempo.

Durante esas dos semanas sin Clarisse, Dylan Jones pasó mucho tiempo investigando sobre Canadá, viendo precios de vuelos, información sobre visados, alquileres en habitaciones, hostales... no se encontró con sus amigos en esas dos semanas y ellos pensaron que se sentiría mal por su separación con Clarisse. Curiosamente lo que más echaba de menos Dylan era esa habitación mágica. Eso y alguien con quien hablar de sus planes. Pensó en lo maravilloso que habría sido el conocer al chico de la habitación. Él le habría entendido.

Hizo cálculos y pensó que trabajando hasta Febrero ya dispondría del dinero suficiente para el billete y un par de meses viviendo de forma casi miserable en Toronto, el resto sería improvisar, pero estaba convencido de que la suerte le sonreiría. Estaba totalmente absorto en su nueva vida, en esa aventura, hasta que un día un mensaje de Clarisse en su teléfono le citaba de forma críptica esa tarde en el puente de la presa.

En todo eso pensaba Dylan cuando ya desde cierta distancia vió a Clarisse sentada en un banco antes de llegar al puente. Se saludaron sin darse si quiera un beso en la mejilla.

- ¿Cómo estás?. Tom y los demás están preocupados porque no te ha visto nadie en dos semanas.

- Estoy muy bien, gracias. ¿Qué tal tú?.

- Bien. Tengo algo que quería decirte. Estas dos semanas he estado pensando mucho en ti y quiero pedirte perdón por todo lo que te dije el último día.

- No te preocupes, está olvidado.

- Me gustaría que nos viésemos otra vez. Te echo de menos. ¿No has pensado en mí estos días? ¿Qué has estado haciendo?

- Sí, claro. Poca cosa, he estado encerrado en mi habitación pensando. No creo que sea una buena idea seguir saliendo juntos, Clarisse. Tu misma dijiste que esta relación no nos llevaba a nada, no estábamos lo suficientemente unidos y...

- Bueno, pero todo eso va a cambiar, ya lo verás.

- No lo sé, estabas convencida de que yo no era hombre para ti...

- Pero ahora sé que sí. Vamos a estar muy bien juntos. Tenemos algo muy bonito y vamos a ser muy felices. Dylan Jones, vas a ser padre, estoy embarazada de ti.

La Colina, de Rupert Brooke

La Colina

Sin aliento, nos echamos con el viento sobre la colina,
Reímos y nos besamos en el precioso pasto bajo el sol.
Tu dijiste, "A través de gloria y éxtasis pasaremos;
Viento, sol y tierra permanecerán, las aves aún cantarán,
Cuando seamos viejos, cuando seamos viejos..." "Y cuando muramos
Todo lo nuestro terminará; y la vida seguirá ardiendo
A través de otros amantes, otros labios," dije yo,
"Corazón de mi corazón, nuestro paraíso es ahora, ¡está ganado!"

"Somos lo mejor de la tierra, y su lección aprendimos aquí.
La vida es nuestro grito. Hemos conservado la fe". Dijimos;
"¡Nosotros bajaremos con paso firme
coronados de rosas a la oscuridad!"... Orgullosos estábamos,
Y reímos, de tener tan valientes palabras que decir.
Y entonces rompiste a llorar, y apartaste la mirada.

miércoles, 24 de abril de 2013

Fahrenheit 451, Ray Bradbury

"O marcharemos por las carreteras ahora, y tendremos tiempo de aprender cosas nuevas. Y algún día, cuando estas cosas lleven un tiempo con nosotros, saldrán a nuestras bocas o a nuestras manos. Y muchas de esas cosas no servirán, pero sí otras, y en número suficiente. Comenzaremos a marchar hoy mismo, y veremos el mundo, y cómo el mundo se pasea y habla, y cómo es realmente. Quiero verlo todo ahora. Y aunque nada de esto me pertenezca, mientras lo miro me pasará el tiempo, y se irá depositando en mí, y al fin todo será yo mismo. Mira el mundo allí afuera, Dios mío, Dios mío, míralo allí afuera, fuera de mí, más allá de mi cara. Sólo hay un modo de tocarlo: hacerlo finalmente mío, metérmelo en la sangre, donde latirá diez veces, diez mil veces en un día. Lo tendré siempre conmigo para que nunca se me escape. Lo tendré conmigo algún día. Por ahora lo he rozado con la punta de los dedos. Es un comienzo."

martes, 22 de enero de 2013

Un mundo feliz, de Huxley.



El libro habla por encima de todo, de la felicidad. No me parece una crítica a los sistemas autoritarios, como podría ser 1984, sino que este es más filosófico, se centra en el problema de la felicidad, de la realidad de buscar un imposible como es ser totalmente feliz, y no solo una persona, sino una sociedad. Plantea que la única manera de que toda la sociedad fuese feliz, sería tenerla engañada, o al menos condicionada desde antes de nacer, para que todos sean felices, ya sea trabajando en un laboratorio, ya sea limpiando mierda. Y parece que, pese a ser ciencia ficción, sería la única forma real de que todos fuésemos felices.

Creo que Huxley no se dedica a criticar esa estúpida búsqueda de la felicidad (digo estúpida porque muchas veces escribe de manera que ridiculiza deliberadamente a esa sociedad y sus formas), sino que más bien expone una idea que le parece una única manera de llegar a esa meta, pero solo lo expone, y deja que el lector siga sus propias deliberaciones, sobre si preferiría vivir en un mundo feliz, engañado o si prefiere la dura realidad.

Era sabido que a Huxley le gustaba experimentar con drogas, y evidentemente el soma es una idea de droga utópica; no crea dependencia, vuelve a las personas más sociales y felices y no tiene efectos secundarios. Además, una dosis más alta tiene efectos alucinógenos que les hacen "descansar, tomarse unas vacaciones de la realidad". Es clínicamente perfecta.

Es el pilar de apoyo al condicionamiento. Desde fetos, se nos dice lo que nos va a gustar y lo que no, y si de adultos hay alguna grieta, ahí está el soma para rellenarla, para que te sientas bien, para que no pienses. La anulación del pensamiento crítico. Ahí aparece la prohibición de la literatura, la expresión ancestral de la angustia humana, el quebradero de cabeza para el hombre feliz. El hombre feliz ya no necesita pensar, lo tiene todo.

Cuando aparece el salvaje es un giro clásico de cualquier novela. El contrapunto a esa sociedad y la disyuntiva para algunos de los personajes de que hay otro camino y otra forma de vida, donde la literatura de Shakespeare ayuda a entender la vida y donde tiene mucho sentido plantearse ciertas preguntas. Pero de una manera nada autoritaria, muy lejos de un estado policial, la sociedad de un mundo feliz acaba con la vida del salvaje llevándolo a suicidarse. Esto se describe de una forma un tanto extraña al final del libro, de manera que Huxley deja interrogantes. ¿Se suicidó porque no podía soportar la visión de un mundo así, donde la gente vive engañada e inculta, dando la espalda a la verdadera historia y sentimiento humano, sin buscar más metas que una felicidad instantánea o por el contrario se suicidó porque no podía soportar la idea de haber visto un mundo tan ideal sabiendo que nunca podría llegar a formar parte de él, sabiendo que sería infeliz el resto de sus días?

Esa es la cuestión que plantea el libro: la felicidad a cualquier precio. ¿Y tu que escogerías, ser feliz mutilando tus sentimientos con drogas y condicionamiento o ser humano, con olas de infelicidad y angustia salpicadas con buenos momentos?

domingo, 9 de septiembre de 2012

La niña y el río


La carretera era de tierra de un firme irregular, con abundantes agujeros y crestas y no tenía la suficiente anchura para que por ella pasasen dos vehículos. Discurría paralela al río, que en ese curso tenía unos cinco metros de orilla a orilla y una profundidad variable, que iba desde los tres metros hasta los bancos de arena y cantos que casi acariciaban la superficie del agua.

A la izquierda podía ver el río cuando la vegetación se lo permitía. La carretera de arena quedaba a unos pocos metros del agua. A la derecha se abría el espacio a unos peculiares campos de arroz que contrastaban en gran medida con el paisaje montañoso predominante en la zona. En el verano, el arroz se presentaba con un aspecto herbáceo, verde brillante y todo el campo permanecía inundado. Los bancales, elevados de la carretera a la altura de la cintura recibían el chapoteo constante de las ranas, que al notar su  presencia, saltaban a buscar refugio buceando entre el arroz.

Los campos de arroz acababan cuando el bosque volvía a ser el protagonista, juntando río con montaña y dejando que el camino continuase a la sombra de sus árboles. Unos metros después de adentrarse en la fresca sombra de éstos, a su izquierda se abría un claro que acababa en una minúscula orilla de arena, donde la vegetación daba un respiro permitiendo un paso para entrar en el río. En medio del claro, un tablón descansaba horizontal sobre dos piedras, a modo de banco improvisado. El joven dejó su mochila sobre el banco y se quitó la camiseta, dejándola sobre éste. Se descalzó y fue andando pisando el césped hasta la arena del río. Metió un pie en el agua y sintió un pinchazo de frío y pensó que sería mejor saltar al agua y nadar a contracorriente para entrar en calor.

Todo su cuerpo se sumergió en el agua sintiéndose frío pero agradable y nadó en contra de la corriente, que no era muy fuerte, así que más o menos, se situaba a la altura de la orilla. Nadó un poco más y se dio la vuelta para ver como el río seguía su curso y se dejó llevar hasta un banco de arena que había en la orilla opuesta. Se recostó sobre la arena dejando que el agua siguiese su curso, pasándole desde los pies hasta los codos, mientras tenía la parte superior de su cuerpo fuera del agua. Se sentía feliz de haber ido a bañarse al río, el paisaje era precioso, podía ver como el agua recorría ese tramo hasta llegar a él y luego seguía a sus espaldas para recorrer muchos kilómetros y acabar en el mar. Pensó que ese agua que recorría su cuerpo acabaría inevitablemente en el mar y le pareció una mentira que el río siga llevando agua siempre, que nunca se acabe ese agua, y que haya llevado agua desde hace siglos, miles de años tal vez y que cuando él muriese, ese agua seguiría corriendo inevitablemente hacia el mar, indiferente a él y a la vida.

Sintió un escalofrío, el agua estaba muy fría, pero allí se estaba muy bien y el paisaje era genial. Pero sería mejor nadar a contracorriente para alcanzar la orilla y así no salir con frío del agua. Se irguió y se lanzó hacia delante sumergiendo la cabeza sintiendo que se helaba, pero esa sensación le gustaba, le hacía sentirse vivo. Sacó la cabeza del agua y nadó fuerte hasta la orilla. Salió jadeando y entonces la vio  Una niña de unos ocho años le observaba al otro lado del claro. Iba vestida solo con la parte inferior de su bañador.

Él se secó sin dejar de mirar al otro lado del claro. No había visto personas ni coches hasta llegar allí, pero la niña iba descalza por lo que su familia y el necesario vehículo para llegar hasta esa zona debían estar cerca. Cuando acabó de secarse la cabeza, se puso la toalla sobre los hombros e hizo un intento de hablar, pero la niña sonrió y comenzó a correr hacia los campos de arroz, así que el joven no hizo ademán de seguirla y se sentó en el banco, dándole la espalda y contemplando el río.

Intentó recuperar los pensamientos que tenía sobre el río como metáfora de la vida, que acaba en la muerte inevitablemente, en el mar, como tan perfectamente había descrito Jorge Manrique hacía siglos, y pensó que quizás podría escribir un relato de todo aquello, pero la niña apareció en sus pensamientos y desvió toda su atención, ya que no se explicaba que hacía aquella niña sola ni como había llegado hasta allí. Siguió pensando en todo aquello hasta que se secó, cuando ya comenzaba a morir el día, a esas horas en las que la luz se torna anaranjada y el bosque comienza a cubrirse de sombras.

Recogió sus cosas y echó un último vistazo al río, con su corriente eterna, sin fin, y comenzó a desandar el camino en dirección a los campos de arroz. Ahora ya sólo pensaba en la niña. Ya no estaba seguro de si realmente la había visto, de alguna forma la había visto, pero la lógica le decía que ese ser no podía estar allí, tan aislada de todo, sola y descalza, tan desprotegida. Llegó a su coche y se subió, pero antes de arrancar el motor se quedó en silencio pensando en que iba a hacer a continuación y decidió que antes de volver al pueblo, daría una vuelta, ya que había visto un camino que atravesaba los campos de arroz en dirección a las montañas.

Atravesó los campos de arroz por un camino que estaba en peor estado que la carretera de tierra por la que había venido, y además a esa hora no podía ver también los baches en el camino y pensó que quizás sería mejor dar la vuelta y no jugar con la posibilidad de reventar el cárter del coche y quedarse allí tirado de noche y sin cobertura, pero la curiosidad pudo más y al llegar al otro lado de los campos contempló que el camino subía y seguía a mano derecha y comenzó a subir sin siquiera pensar ni aminorar la marcha, pese a que era una cuesta muy pronunciada.

El coche patinaba debido a la grava en algunos momentos, pero no temió perder el control y despeñarse. Miró rápidamente por el retrovisor y contempló la polvareda enorme que estaba dejando a su paso, mientras el coche gemía con cada docena de metros que avanzaba por la cuesta y con cada bache que hundía los bajos y los rozaba contra las afiladas piedras del camino, pero ahora si que no podía parar, ya que no tenía espacio suficiente para dar la vuelta sin despeñarse y desandar la cuesta marcha atrás sería una locura.

Alcanzó la cima de la colina y siguió el camino durante unos minutos que se le hicieron eternos, hasta que vio un grupo de construcciones a lo lejos, un cortijo formado por tres casas. Había un coche aparcado, un todoterreno Land Rover que debía tener más de treinta años. Paró el coche a su lado y apagó el motor. Antes de que pudiese bajar, un grupo de perros se había arremolinado alrededor del coche, curiosos por la visita que no esperaban. Abrió la puerta y avanzó torpemente entre ellos, y allí estaba ella. Colgada de una cuerda, la niña jugaba balanceándose de un árbol, siempre descalza y vestida tan solo con su parte inferior del bañador.

La niña le miró y bajo del árbol saltando sobre las piedras sin inmutarse. Le dijo hola y corrió hasta meterse en una de las casas, de las que salía una tenue luz. El joven avanzó lentamente, sin estar muy seguro de si debía estar allí o no, hasta estar a unos metros de la entrada, justo cuando un hombre salía de la casa.

- La niña nos ha dicho que te ha visto en el río antes. No suele venir mucha gente por aquí, pero eres bienvenido. Pasa, no te quedes ahí de pie, hay comida para todos.

El joven entró en la casa bastante desconcertado, siguiendo al padre de familia. Dentro estaba la niña, otra chica de unos quince años y la madre, que removía un guisado en la olla. Tenían velas encendidas y la cocina era de leña. Le invitaron a tomar asiento mientras él pensaba en las palabras que debía pronunciar en esa situación, ya que no quería parecer extrañado, sino natural y agradecido.

- Les agradezco mucho su invitación. Vi a su hija en el río y me extrañó ver a una niña tan pequeña sola, y además descalza. Me extrañó no haber visto a su familia ni algún coche cerca. No soy de la zona, pero sé que el pueblo cercano está muy lejos como para venir andando...

- La niña baja sola al río cuando quiere -comenzó la madre- aunque normalmente le acompaña alguno de los perros. Ella sabe cuidarse muy bien y conoce el camino de memoria, se ha criado aquí.

- Vienen aquí todos los veranos, ¿no es eso? - La madre sonrió, y el padre, sentado en la mesa, tomó la palabra

- No, nosotros vivimos aquí, llevamos muchos años viviendo aquí, mi hija solo recuerda este lugar como su casa.

Durante la cena, el padre fue explicando la forma de vivir de su familia y de otra que vivía al otro lado del río, en una situación idéntica a la suya, ante el desconcierto del joven.

En los años setenta, durante la transición, mucha gente pensaba que el fin de la dictadura traería consigo una política democrática real, que todo sería mejor y las personas iguales y con oportunidades para vivir mejor, pero con lo que vino después, muchos quedaron desencantados al comprobar como era el mismo perro con diferente collar. Este grupo de gente llegó a la conclusión, más allá de ideas políticas, de que era inútil esperar algo justo de la sociedad y mucho menos del estado, y que la única forma de vivir de manera justa y acorde con las ideas de uno mismo era no depender de nadie, es decir, volver a un estado primitivo donde uno mismo se consiga todo lo que necesita: comida, vivienda...

Crearon una asociación y varias familias fueron a esa zona a vivir en aquel cortijo con sus familias. Algunos sabían algo de agricultura, otros eran albañiles, otros se dedicaban a educar a los niños. Poco a poco pasaron de una situación de escasez en la que comían poco y mal a un sistema que iba funcionando a base de esfuerzo y sacrificios. Vivir en aquella situación era renunciar a mucho de lo que ofrecía la sociedad, incluso en aspectos básicos como la electricidad, pero ofrecía la única manera de estar seguro de que si todo iba mal en esta, uno sabía que podía sobrevivir sin ayuda de nadie, que era autosuficiente y con el convencimiento de que se vivía sin ser esclavo de nadie ni colaborando para que otros fuesen esclavos.

Pero se cometieron errores. En un grupo que llegó a tener medio centenar de personas, las decisiones se tomaban cuando todos y cada uno estaban de acuerdo con la solución. Esto creaba conflictos y ralentizaba o paralizaba muchos proyectos, necesarios para el buen funcionamiento de esta mini sociedad. También se negaban a utilizar maquinaria agrícola moderna, lo que hacia del trabajo del campo algo agotador e infructuoso en muchas ocasiones. Poco a poco todo esto fue mellando en el ánimo de la gente, y muchas familias decidieron volver a integrarse en la sociedad, dando por perdido el sueño de crear algo nuevo y bueno, desechándolo como algo utópico.

Actualmente, solo resistían dos familias, media docena de personas, y algunas otras que vivían en las villas de la comarca, ayudaban en lo que podían, pero todavía no se habían sumergido completamente en aquello, por miedo a dejar todo atrás y lanzarse a aquella nueva forma de vida. Aquellos padres educaban a sus hijos de la mejor manera que podían y les preparaban para que posteriormente, la sociedad les evaluase con exámenes que permitiesen demostrar sus conocimientos, y así tuviesen la oportunidad de volver al mundo que todos conocemos si así lo decidían cuando fuesen adultos. Ya uno de los hijos de esta familia estaba estudiando en otro país una carrera universitaria que se pagaba con un trabajo a media jornada, como así él mismo había decidido.

El joven agradeció efusivamente la cena y la conversación, y prometió volver a visitarles alguna vez, y les deseó la mejor de las suertes en su proyecto. Salió de la casa y se dirigió a su vehículo, pensando en que tipo de vida llevaría él mismo en toda la existencia que tenía por delante, dándole vueltas a un presentimiento que le visitaba en ocasiones de que algún día todo estallaría, el sistema fallaría, y sobre el mundo volvería a reinar la ley del más fuerte, un mundo donde nadie le ayudaría y no habría que esperar colaboración, donde sólo si uno sabía procurarse lo básico, sobreviviría.

No era esta, desde luego la idea de esa gente, sino llevar hasta el final su idea de justicia y actuar consecuentemente acorde a sus principios, no dejarse llevar por el falso sentido de libertad que impera en nuestra sociedad, donde el dinero es quien realmente ordena y rige nuestras vidas, nos dice como actuar, como educar a nuestros hijos e incluso cuales han de ser nuestros sueños. Pero ser libre exige un esfuerzo, un sacrificio que no todos podríamos soportar, una vuelta a los orígenes que significaría renunciar a una comodidad y a unos placeres que, pese a ser en su mayoría ideas huecas, ya forman parte de nosotros y parecen irremplazables.

Cuando avanzó por el camino ya dentro del vehículo, los faros del coche alumbraron a la niña, y esta le saludó mientras sonreía, y el joven pensó en ella, en que esa era la manera ideal de que una niña creciese, criada en la naturaleza, jugando en el río, temiendo los rayos durante las tormentas, educada por quienes más le quieren, corriendo descalza sobre las piedras sin sentir dolor... y pensó en esa misma niña haciéndose mayor, decidiendo al igual que su hermano ya había hecho, que quería ver el mundo exterior, salir de aquella burbuja y descubrir, maldita curiosidad, que había más allá de esos bosques y ríos, que eran todas esas maravillas que intuía cuando se acercaban ocasionalmente a una ciudad. Imaginó a la niña, ya mujer, cautivada por todas esas luces y fuegos de artificio que nos ofrece el mundo moderno, haciendo amigos que bromearían sobre su infancia y su educación, pero que la aceptarían, e imaginó a aquella mujer conociendo a un hombre, amándolo y formando una familia, trabajando en algún trabajo que aborreciese y desconociendo el motivo por el cual debía seguir acudiendo todos los días a hacer una tarea que odiaba para ganarse la vida. Y se preguntó si en algún momento esa mujer recordaría a la niña que jugaba en el río y pensaría que esa niña, al hacerse mayor, jamás podría ser feliz alejada de la naturaleza, inmersa en un mundo de apariencias y lujos innecesarios, si se sentiría vacía con aquella vida, preguntándose porque renunció a su verdad, y dándose cuenta de que ya era demasiado tarde para volver, porque ella ya no pertenecía a ese mundo, pero tampoco podía ser feliz en este, y el joven pensó que quizás para él también era demasiado tarde, que quizás nunca alcanzaría esa felicidad de conocer el sentido de su vida que tenía por seguro encontraría en un futuro, mientras lo único que veía eran los años que pasaban inexorablemente, como las aguas del río que fluían sin remedio, y entonces, mirando por el retrovisor vio por última vez a la niña, volviendo a casa enfilando un sendero entre los matorrales, sendero que llevaba a un mundo desconocido para él, y que tal vez, jamás comprendería.

miércoles, 11 de abril de 2012

Fragmento de La muerte lenta, de Martha Medeiros

"...Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo..."

martes, 13 de marzo de 2012

Saudades australes

En aquel bar, que bien podría ser el último en dirección norte, ya que la carretera acababa en aquella playa en Cape Tribulation, solo encontraron al camarero y a otro hombre sentado en la barra. Eric pidió dos latas de ron con cola y otras dos para llevar que luego juntarían con las cervezas que llevaban en la nevera del coche. Con eso y la comida fría que llevaban esperaban pasar aquella tarde, la noche y volver al día siguiente por la tortuosa carretera en dirección Cairns, parando por el camino en algunos puntos interesantes que vieron a la ida, caminos forestales a pie, algunas playas pequeñas y arroyos de aguas cristalinas.

Después de pedir, Eric se fue al baño, pero el fuerte acento francés no pasó desapercibido para el hombre sentado a la barra, que miró a Martín de arriba a abajo antes de comenzar a hablar.
-¿Dónde vais?.
-¿Perdón?- Martín tenía dificultad en las conversaciones con australianos, así que el hombre lo repitió más despacio.-Ah... vamos a Cape Tribulation. Queremos acampar esta noche allí.
-Oh, es un lugar muy bonito, pero debéis ir rápido o la noche se os echará encima, aún os quedan un par de horas para llegar, o algo menos si vais rápido.
-Si, está es la última parada que hacemos antes de llegar.
-¿De donde eres?.
-De España.
-Vaya, vienes de muy lejos.

Eric volvió del baño y abrió la lata negra que mostraba un dibujo de un oso polar blanco. Sabía fuerte a ron, pero tenía buen sabor. Eran caras, pero Martín tenía curiosidad y no quería irse sin probarlas. El hombre de la barra habló con Eric, quien le explicó, manejándose bastante mejor en inglés que su amigo, que Martín estaba visitando Queensland unos días y que él llevaba ya medio año trabajando en Australia. El hombre parecía interesado, al parecer no llegaban muchos extranjeros por aquella zona, y, por la situación tan aislada del bar, se diría que no llegaba nadie, que ese hombre y el camarero eran los únicos seres humanos en un par de cientos de kilómetros a la redonda.

Se despidieron y subieron al coche con las otras dos latas que reservaron en la nevera donde llevaban hielo y cervezas. Abrieron dos cervezas frías y se las bebieron sentados en el coche con las puertas abiertas, en el parking, mientras Eric liaba algunos cigarrillos. Luego Eric arrancó el motor y comenzaron el último tramo del camino. Más y más carretera, rodeada de jungla, que ocasionalmente dejaba ver a la derecha el Mar de Coral, tranquilo, sin una ola. El aire era fresco, pero no pasaban frío pese a llevar la ventanilla bajada. El cielo estaba nublado y se notaba mucha humedad en el ambiente, tanto que llegó a caer una fina llovizna durante parte del trayecto.

Ocasionalmente cruzaban canales, la carretera bajaba y daba la sensación de atravesar el curso de un pequeño río, sólo que estos estaban secos en aquella época del año, Agosto, pese a que era el invierno austral, pero según decía Eric, el verano era la época de lluvias, y entonces si era difícil pasar esos canales, porque pequeños arroyos cruzaban la carretera, y si no tenías un coche preparado para eso, podías quedar atascado en medio.

Conducían sin prisa, bebiendo y mirando el paisaje, aunque ya sin tanto interés después de horas contemplando la exuberante vegetación. Por fin llegaron a Cape Tribulation, donde no llovía y quedaban pocas nubes. Aparcaron en un pequeño claro, sin ningún coche a la vista, bajaron y decidieron dar un paseo para aprovechar el par de horas de sol que aún quedaban. Salieron a la playa, que estaba a unos cien metros del coche, por un camino que no era tal, simplemente no había árboles ni plantas altas, pero el suelo era el mismo que el del resto de la jungla, hojas húmedas y barro. Antes de llegar a la playa, la familiar señal de peligro de medusas y cocodrilos y una botella con vinagre, para aliviar una posible picadura de medusa. Martín sintió un escalofrío al pensar en lo aislados que estaban y el tipo de fauna que había en el lugar.

Caminaron por la playa hacía la derecha, pisando descalzos la gruesa arena blanca, hacia el sur, llegando a una colina que se elevaba del mar unos veinte metros, y desde donde podían contemplar toda la playa al atardecer. La arena tenía unos treinta metros de ancho, y luego la jungla se mostraba como un muro verde oscuro, impenetrable en algunos puntos, y con aquella luz, nada apetecible. A sus pies, empezaba la playa desierta para acabar en un punto donde la jungla parecía unirse al mar, a un par de kilómetros de distancia. No había ni un rastro humano a la vista.

Volvieron al coche y cogieron sus mochilas, la bolsa de la comida, y llevaron la pesada nevera entre los dos. Avanzaban torpemente por el camino hacía la playa, tropezando con ramas y plantas, y peleando con la nevera. Al fin llegaron a la blanca arena y Martín puso su toalla y se sentó sobre ella, mientras Eric se estiraba en la arena y sugería un baño en aquella playa perdida del mundo, cuando parecía que en cualquier momento caería la noche sobre ambos sin remedio. Martín rechazó la sugerencia, y es que, pese a que no se lo había confesado a su amigo, tenía miedo al mar, y si era de noche, ese miedo era fobia. Sería incapaz de meterse más allá de los tobillos en las negras aguas.

-¿No te parece maravilloso este lugar? Posiblemente somos las únicas personas en muchos kilómetros de distancia. Quizás esos tipos del bar donde compramos las latas son las personas más cercanas a nosotros.

-¿No te da miedo que estemos tan aislados? Quiero decir, si nos pasase algo, el otro tendría que conducir durante un par de horas, en medio de la noche por esa carretera horrible. Aquí ni siquiera funcionan los móviles...- Eric se quedó a medias en el trago que le estaba dando a la cerveza e interrumpió a su amigo.
-¡Oh, por favor! ¡Deja de preocuparte y disfruta!. Nunca volverás a un sitio como este. No nos va a pasar nada, en esta época los cocodrilos se alejan de estas playas. ¿Por qué no abres otra cerveza?.

Martín siguió bebiendo y se relajó. Le pareció que ahora hablaba sin dificultad el inglés con su amigo, y le entendía perfectamente, algo que no sucedió cuando llegó una semana antes a Australia y se sorprendió de lo bien que hablaba Eric inglés y recordó que no hablaba ni una palabra cuando lo conoció. Estaba empezando a disfrutar de aquella excursión. Hablaron sobre anécdotas divertidas de su época en las islas Azores, y de la gente que les acompañaba por aquel entonces.

-...cuando fuimos en el barco para ver ballenas, ¿recuerdas?. Me tiré a nadar, esperando ver un delfín. Buceaba alrededor de la barca, y en un momento, me pareció ver un tiburón.
-¿Estás seguro de que fue un tiburón?
Joder, no me quedé a averiguarlo, salí de un salto del agua!. -Los dos reían mientras la cerveza de Eric se caía a la arena para perderse. -Oh, merde!.

La noche ya había llegado y sólo quedaba algo de luz por encima de los árboles de la jungla, que contrastaba con la negrura inquietante de ésta, pero ellos le daban la espalda, mirando el mar, y las primeras estrellas comenzaban a brillar sobre éste.
-¡Oh, joder! Nunca habría pensado que estaría contigo aquí, viendo este paisaje.
-Bueno, preferiría estar con una chica en lugar de contigo, pero creo que no hay muchas en esta playa...- Los dos rieron la broma de Eric y Martín miró a su amigo para luego preguntar.
-¿Echas de menos los días de Sao Miguel?- La pregunta puso en guardia a Eric.
-Bueno... ya sabes... en algunos momentos pienso que nunca encontraré un lugar como aquel, pero, ¡que coño! ¡Estamos en Australiaaaaa!- Su grito sonó más a alegría que a rabia contenida.
-Si, creo que lo mejor es guardar el bonito recuerdo de lo bien que lo pasamos aquellos días, fue algo irrepetible.
-Si, tío. Creo que fueron los mejores días de mi vida. Australia es increíble, es enorme, la naturaleza te deja sin respiración, y he conocido a gente muy interesante, pero creo que nunca será lo mismo que aquellos meses. No es ni mejor ni peor, simplemente creo que es diferente, ya sabes.
-Si, te entiendo. Pero tu al menos estás aquí, yo sigo en Valencia y me digo que tengo que seguir con mi vida, fijarme algún objetivo, pero cada vez la monotonía se apodera de mi con más fuerza. Además, no se si seguiré con el trabajo en el bar cuando vuelva, todavía no lo sé. Si sigo me iré a vivir sólo y quizás vea las cosas de otra manera que viviendo con mis padres.
-Seguro tío.- Eric abrió otra cerveza mientras Martín sacaba un sándwich de la bolsa.

Siguieron hablando de cosas triviales y cenando sus sandwiches mientras la luz iba desapareciendo, pero pese a que la oscuridad hacía que todo pareciera más inseguro, la cerveza reconfortaba a Martín, que le iba perdiendo el miedo al lugar y empezando a disfrutar de su belleza. Después de reírse de alguna cosa sin importancia, se quedaron en silencio hasta que Eric habló.
-Bueno, ¿y tu que tal? ¿muchas chicas en Valencia?
-¡No! Creo que Dios me está castigando por lo mal que me porté en Sao Miguel.- Eric se atragantó con ese comentario y Martín se rio de él. -...No, en serio, creo que voy a estar mucho tiempo sólo, ni siquiera hablo con chicas cuando salgo con mis amigos, creo que me espera una larga travesía por el desierto...
-¡Oh por favor! ¡Por mucho que llores no voy a follar contigo aunque solo estemos tu y yo en esta playa!- Los dos rompieron a reír. -Tu mismo siempre me has dicho que hay muchas mujeres...
-Si, tienes razón. Pero no son las mujeres. Bueno no sólo eso. Es que pienso en aquella época... Siempre íbamos juntos a todas partes, y no sólo me refiero que conocimos a todas aquellas chicas. Es que durante la semana ya estaba deseando que llegase el próximo fin de semana, ¿sabes? Roberto, tu, yo y todos los demás. Cada noche era una historia diferente, siempre nos pasaban todas aquellas cosas divertidas y nunca sabíamos como íbamos a acabar la noche.
-Buenos tiempos. Recuerdo cuando nos reuníamos entre semana para contarnos como habíamos acabado cada uno el fin de semana. Bebíamos mucho.- Miró a su cerveza, ya casi vacía y se rió. -¡No como ahora!- Martín se quedó pensativo.
-A veces pienso que quizás idealizamos esos días. Siempre bebiendo, y trabajábamos poco, era fácil esa vida.
-¡Habla por ti, cabrón!
-Si. Pero ya me entiendes, era como una fiesta continua.
-Te entiendo, pero no lo veo así. Tuvimos mucha suerte, éramos un buen grupo. Tuvimos suerte de coincidir en un lugar y en un momento único. -Martín asentía lentamente.

Martín apenas distinguía ya la silueta de su amigo, pues la luz se iba rápidamente. Unos molestos insectos, parecidos a moscas pero del tamaño de grillos habían aparecido desde hacía un rato. Se posaban en los pies sin que se diese cuenta y al rato le mordían. Sólo se iban cuando los tocaba con las manos, y al cabo de unos minutos ya tenía otro. Pero el paisaje era precioso y la conversación se tornaba cada vez más interesante, así que Martín no se preocupaba ya de la fauna, en parte gracias al alcohol. La noche tenía luna, y ésta se reflejaba en el mar. Arriba las estrellas parecían infinitas. Martín se mareaba y sentía vértigo cuando miraba arriba y veía aquellas luces que atravesaron millones de kilómetros durante millones de años para llegar hasta esa misma playa esa misma noche mientras ellos hablaban, insignificantes en el universo. Se sentía insignificante, pero feliz.

-Sería genial si hubiese venido Roberto, ¿no?
-Por supuesto. Ojalá estuviese aquí. Imagina la cara que puso cuando le llamamos por teléfono el otro día.- Eric sonrió maliciosamente.
-El pobre estaba durmiendo, debía ser de madrugada en España.
-Aún así se alegró de hablar con nosotros. Realmente es un buen tipo. ¿Os veis mucho en Valencia?
-Bueno, normalmente una vez a la semana, en mis días libres, el miércoles.- Martín se paró a pensar. -Pero no es lo mismo.
-¿Que quieres decir?
-Quiero decir que no es lo mismo que en Sao Miguel. No sabría explicarlo, parece que nos comportamos de manera diferente, a veces me parece otra persona diferente a la que conocí allí.- Martín se quedó pensativo. -Es como si no tuviese la energía que tenía antes, esas ganas intensas de vivir, de sorberle el jugo a la vida, antes vivía como si fuesen sus últimos días y tuviese que aprovecharlos.
-Creo que ninguno de nosotros somos la misma persona desde que dejamos las islas.
-En eso tienes razón. Hablo de él, pero quizás yo también he cambiado desde que llegué a Valencia. Además tengo la sensación de que le he defraudado de alguna manera. -Eric hizo una mueca de no comprender. -Me refiero a que parece que no estemos tan compenetrados como antes. A veces no me siento cómodo cuando hablo con él, me resulta un desconocido. No es como contigo, contigo hablo sin preocuparme de lo que digo, pero con él a veces tengo problemas, me preocupa molestarle o lo que piense de mi...
-No te sigo tío... -Eric abrió otra cerveza y le pasó una a Martín.
-Es como si él representase todo lo que viví aquellos días, como si los personificase en él, y me da miedo perderlos, y al mismo tiempo se desdoblase en otra persona, a la que no conozco, la que veo en Valencia la mayoría del tiempo que paso con él.
-¿Acaso os lleváis mal? Has dicho que os veis todas las semanas.
-No, para nada. Creo que lo estoy liando todo... debo estar borracho.
-Por favor sigue, me interesa mucho lo que dices.
-Es sólo que... creo que me gustaría que todo fuese como antes. Que fuésemos uña y carne otra vez. Creo que durante esos meses fue el mejor amigo que tuve nunca, y fue más que eso, fue como un hermano para mi.
-Te entiendo, para mi vosotros dos también fuisteis como hermanos mayores. ¿Recuerdas como era cuando llegué? ¡Si ni siquiera hablaba inglés!.
-Y ahora podrías darme clases...
-Tampoco exageres, solo te falta practicar, mate.- Eric dejó de mirar al mar y miró a su amigo. Martín notó la mirada de aquella silueta en la oscuridad. -Pero sigo sin entenderte.
-No sé explicarlo, lo siento. Lo he intentado, pero no puedo. Quizás sea que mi vida en Valencia no es lo que esperaba y le culpo a él porque es lo único que me queda de esa época. -Eric dio una palmada en la espalda de su amigo mientras los dos miraban el horizonte, que reflejaba la luna sobre el mar. -A veces la vida no es como la imaginamos, ¿eh?
-Si tío. ¿O acaso imaginabas hace un par de años que ibas a estar mirando las estrellas conmigo esta noche? ¿Podías imaginar a dos amigos en el otro lado del mundo hablando sobre la vida bebiendo unas cervezas? ¿Acaso podías si quiera soñar con recorrer miles de kilómetros y llegar a estar tan lejos de todo? Esto es maravilloso.
-Tienes razón, nunca sabemos que nos espera dentro de unos años, ni siquiera dentro de unos meses.
-¿Y no es maravilloso?
-Absolutamente maravilloso. Brindemos por Roberto. -Los dos amigos chocaron sus botellines y bebieron un largo trago a su salud. Se quedaron en silencio y Martín pensó en Roberto. Le echaba de menos. Habría dado lo que fuera por tenerle allí esa noche, junto con Eric, las estrellas, la playa, la jungla... Por compartir aquel momento, por engrandecer la amistad. Pensó que la amistad es con seguridad, lo más valioso que tenía en su vida. No tenía mucho dinero, pero al menos tenía buenos amigos que le querían y ese pensamiento le reconfortó. Se tumbó boca arriba y cerró los ojos y se sintió mareado y los volvió a abrir y contempló la infinidad del universo que le hacía sentirse insignificante, le daba vértigo, al igual que la vida que tenía por delante le daba vértigo y se sintió feliz por estar aquella noche con su amigo, por aquella playa, por aquel cielo lleno de estrellas, por haber conocido a Roberto y a todos los demás y por sentir ese vértigo, y deseó sentir ese vértigo durante todo lo que le quedaba de vida, y después siguió bebiendo con su amigo, y hablando de viajes que harían juntos, y durante esa noche siguió sintiendo el vértigo, el vértigo y la felicidad.