domingo, 17 de noviembre de 2019

Sarah Hall

<<...Tenía un tamaño mediano. Definitivamente, se estaba moviendo. Tenía velocidad, se desplazaba, aunque no sabía decir hacia dónde, si hacia ella o en dirección contraria. Escudriñó atentamente la franja de arena. Hacia ella. Se estaba acercando. Distinguía un leve balanceo, adelante y atrás, de lado a lado. Iba trotando, o corriendo. Se le encendió una señal de alarma. Sintió como si el aire se agotara de pronto, a pesar de que la playa era una catedral de aire. Se quedó quieta y se llevó una mano a la boca. Algo venía corriendo hacia ella. Algo venía corriendo hacia ella. No podía moverse, no podía pensar con claridad...>>
De "Ella mató al hombre mortal". Una excelente forma de describir una tensión casi insoportable.

<<...Si ve una mujer que lo excita, en el trabajo o en el tren, piensa en la alternativa, en el recambio. Pero cuando estos momentos se esfuman y vuelve a la realidad, siente un miedo de vértigo, se imagina que la pierde y se da cuenta de lo importante que es para él. Es la ausencia lo que define la importancia de las cosas...>>
De "Señora Fox".

<<...En la ciudad nos habían dicho que las raciones eran escasas porque asaltaban los camiones de reparto, pero nunca nos dieron más detalles. Cuando se lo conté a Jackie, contestó que la primera regla del control de la población era restar importancia a los enemigos del Estado y no presentarlos nunca como una amenaza grave, para no dar ideas a la gente. A pesar de que la Autoridad parecía implacable y despótica, el país había perdido el grueso del ejército y era débil. Bastaría una pequeña sublevación para agujerear el tejido del gobierno, dijo...>>
De "Hijas del Norte".

Antonio Muñoz Molina - El invierno en Lisboa

<<...Descubrió que esa música ya no lo emocionaba, que no aludía a Lucrecia ni al pasado, ni siquiera a él mismo...>>

Antonio Muñoz Molina - Ardor Guerrero

<<...Uno de los mayores misterios de la vida es el de la imposibilidad de ser feliz un domingo por la tarde...>>

<<...en el azaroso ecumenismo de aquellos cuarteles se comprobaba que con tal de no ser español casi todo el mundo decidía ser lo que se presentara, poniendo incluso más furia en la negación que en la afirmación, como si que a uno lo llamaran español fuera una calumnia. La izquierda, que por aquellos años se había quedado sin banderas, sin banderas republicanas ni banderas rojas, culminaba su ineptitud rescatando banderas regionales, inventándolas, inventándose, como la carcundia romántica del siglo XIX, tradiciones e identidades ancestrales, sagradas fiestas vernáculas, diatribas de víctimas seculares del centralismo español. El lirismo polvoriento de juegos florales y trajes típicos empezaba a transmutarse temiblemente en cultura popular, y la ignorancia hostil hacia el mundo exterior y el enclaustramiento en la provincia de uno cobraban un prestigio de desplantes políticos...>>

<<...las décadas, como los siglos, empiezan siempre con retraso, y se prolongan más allá de su terminación oficial.
En 1900, la reina Victoria y Jules Verne estaban vivos, y el siglo XX, que ya corría en los calendarios, no había empezado aún. El siglo XX, ya se sabe, empezó en 1914, con las matanzas industriales de hombres en los barrizales sangrientos de la Primera Guerra Mundial y con la introducción de los cascos de acero y del color caqui en los uniformes militares, que hasta entonces tendían a los rojos y azules de los casacones de opereta. El siglo XX empezó con la aplicación de los principios de la cadena de montaje a la fabricación de coches, de películas y de cadáveres humanos. Hasta entonces, las películas eran distracciones rudas de barraca de feria, los automóviles seguían pareciendo catafalcos o coches de caballos y los muertos, incluso los muertos de la guerra, eran muertos artesanales, de uno en uno, con nombres y apellidos, casi parroquianos de la muerte, como los parroquianos de las tiendas de ultramarinos.>>

<<...No era sólo otra década, era otra época en la que vivíamos, si uno lo piensa desde la distancia de ahora, lo mismo en los cuarteles que en el mundo exterior. No había ordenadores, ni cajeros automáticos, ni vídeos domésticos, ni enfermos de sida, ni diseñadores, ni divorcios, ni hornos microondas, ni chalets adosados. La idea que la mayor parte de nosotros teníamos de las computadoras procedía de aquella película ampulosa de Stanley Kubrick, 2001 una odisea en el espacio. Pedro Almodóvar era un auxiliar administrativo de la Telefónica que no había estrenado ninguna película, Juan Goytisolo era el héroe y mártir absoluto de toda disidencia gramatical, literaria o política, nadie había visto un cuadro de Miquel Barceló, casi nadie poseía o manejaba tarjetas de crédito, muy pocos intelectuales de izquierda, salvo Manuel Vázquez Montalbán, exhibían conocimientos gastronómicos.
Luis Buñuel, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Graham Greene y John Lennon estaban vivos. John le Carré acababa de publicar la más triste, la más enrevesada y sombría novela de espionaje, la culminación de George Smiley y de su propio talento de escritor. Yo me encerraba en la oficina para leer a gusto La gente de Smiley, y guardaba el libro en uno de los grandes bolsillos del pantalón de faena para apurar en su lectura cualquier minuto de escaqueo o de indolencia militar que se me presentara. Ni Gabriel García Márquez ni Camilo José Cela habían ganado el premio Nobel de Literatura. El nombre de Mijáil Gorbachov no le sonaba a nadie. Jorge Luis Borges viajaba por el mundo guiado por María Kodama y no sabía que iba a casarse con ella ni que moriría en Ginebra en 1986. Ronald Reagan no era presidente de los Estados Unidos y Felipe González, que no mandaba en nadie, se teñía de gris las sienes y las patillas demasiado pobladas en los carteles electorales. Pero Karol Wojtyla ya era Papa y Margaret Thatcher ya gobernaba en Inglaterra, y sin embargo nadie se daba cuenta aún del azote que iban a ser los dos para el mundo cuando la década arreciara de verdad....>>

jueves, 3 de octubre de 2019

"¿Qué tal si dejamos de fingir?" de Jonathan Franzen

Esta es mi traducción del artículo escrito por Jonathan Franzen bajo el título "What If We Stopped Pretending?" y publicado el ocho de septiembre de 2019 en The New Yorker.

¿Qué tal si dejamos de fingir?

El apocalipsis climático está llegando. Para prepararnos, necesitamos admitir que no podemos evitarlo.

"Hay esperanza infinita," nos dice Kafka, "sólo que no para nosotros." Éste es un epigrama apropiadamente místico de un escritor cuyos personajes se esfuerzan por alcanzar objetivos ostensiblemente alcanzables y, de manera trágica o divertida, nunca logran acercarse a ellos. Pero me parece que en nuestro mundo, que oscurece rápidamente, lo contrario de la broma de Kafka es igualmente cierto: no hay esperanza, excepto para nosotros.

Estoy hablando, por supuesto, sobre el cambio climático. La lucha por controlar las emisiones globales de carbono y evitar que el planeta se derrita tiene el sabor de la ficción de Kafka. El objetivo ha sido claro durante treinta años, y a pesar de los esfuerzos sinceros, no hemos avanzado prácticamente nada para alcanzarlo. Hoy, la evidencia científica raya en irrefutable. Si tienes menos de sesenta años, tienes una buena oportunidad de presenciar la desestabilización radical de la vida en la tierra: enormes cosechas perdidas, incendios apocalípticos, economías hundiéndose, inundaciones épicas, cientos de millones de refugiados huyendo de regiones inhabitables por el calor extremo o la sequía permanente. Si tienes menos de treinta años, tienes la garantía de presenciarlo.

Si te importa el planeta, y las personas y los animales que viven en él, hay dos maneras de pensar en esto. Puedes seguir esperando que la catástrofe sea todavía evitable y sentirte cada vez más frustrado o enfurecido por la inacción del mundo. O puedes aceptar que se avecina un desastre y comenzar a repensar lo que significa tener esperanza.

Incluso en esta fecha tan avanzada, las expresiones de esperanza irreal continúan abundando. Prácticamente, no pasa un día sin que lea que es hora de "ponernos manos a la obra" y "salvar el planeta", que el problema del cambio climático puede "resolverse" si apelamos a la voluntad colectiva. Aunque este mensaje probablemente todavía era cierto en 1988, cuando la ciencia se volvió totalmente clara, hemos emitido tanto carbono atmosférico en los últimos treinta años como lo hicimos en los dos siglos anteriores de industrialización. Los hechos han cambiado, pero de alguna manera el mensaje sigue siendo el mismo.

Desde un punto de vista psicológico, esta negación tiene sentido. A pesar del perturbador hecho de que pronto estaré muerto para siempre, vivo en el presente, no en el futuro. Dada la opción entre una abstracción alarmante (muerte) y la evidencia tranquilizadora de mis sentidos (¡desayuno!), mi mente prefiere centrarse en esto último. El planeta también está estupendamente intacto, sigue siendo básicamente normal, (estaciones que cambian, otro año de elecciones, nuevas comedias en Netflix) y su inminente colapso es aún más difícil de abarcar para mi mente que la muerte. Otros tipos de apocalipsis, ya sean religiosos, termonucleares o asteroidales, al menos tienen la pulcritud binaria de morir: en un momento el mundo está aquí, al siguiente se ha ido para siempre. El apocalipsis climático, por el contrario, es desordenado. Tomará la forma de diversas crisis cada vez más severas que se agravarán de manera caótica hasta que la civilización comience a desmoronarse. Las cosas se pondrán muy mal, pero tal vez no demasiado pronto, y tal vez no para todos. Quizás no para mí.

Sin embargo, parte de la negación es más deliberada. La maldad en la posición del Partido Republicano sobre la ciencia del clima es bien conocida, pero la negación también está arraigada en las políticas progresistas, o al menos en su retórica. El Green New Deal, el plan para algunas de las propuestas más importantes presentadas sobre el tema, todavía se enmarca como nuestra última oportunidad para evitar una catástrofe y salvar el planeta, a través de gigantescos proyectos de energía renovable. Muchos de los grupos que apoyan esas propuestas implementan el lenguaje de "detener" el cambio climático, o dan a entender que todavía hay tiempo para evitarlo. A diferencia de la derecha política, la izquierda se enorgullece de escuchar a los científicos climáticos, que de hecho permiten que la catástrofe sea teóricamente evitable. Pero no todo el mundo parece estar escuchando con atención. El énfasis recae en la palabra teóricamente.

Nuestra atmósfera y nuestros océanos pueden absorber solo una cantidad de calor antes de que el cambio climático, intensificado por varios circuitos de retroalimentación, gire completamente fuera de control. El consenso entre los científicos y los creadores de políticas es que pasaremos este punto de no retorno si la temperatura media global aumenta en más de dos grados centígrados (tal vez un poco más, pero quizás también un poco menos). El I.P.C.C., el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, nos dice que, para limitar el aumento a menos de dos grados, no sólo necesitamos revertir la tendencia de las últimas tres décadas. Necesitamos acercarnos a cero emisiones netas, globalmente, en las próximas tres décadas.

Esto es, por decirlo suavemente, una tarea difícil. También supone que confías en los cálculos del I.P.C.C.. Una nueva investigación, descrita el mes pasado en Scientific American, demuestra que los científicos climáticos, lejos de exagerar la amenaza del cambio climático, han subestimado su ritmo y gravedad. Para proyectar el aumento de la temperatura media global, los científicos confían en modelos atmosféricos complicados. Toman una serie de variables y las ejecutan a través de superordenadores para generar, digamos, diez mil simulaciones diferentes para el próximo siglo, con el fin de hacer una "mejor" predicción del aumento de la temperatura. Cuando un científico predice un aumento de dos grados centígrados, simplemente dice un número sobre el cual está muy seguro: el aumento será de al menos dos grados. El aumento podría, de hecho, ser mucho más alto.

Como no científico, hago mi propio tipo de modelado. Ejecuto varios escenarios futuros a través de mi cerebro, aplico las limitaciones de la psicología humana y la realidad política, tomo nota del incesante aumento del consumo mundial de energía (hasta ahora, el ahorro de carbono proporcionado por las energías renovables ha sido más que compensado por la demanda del consumidor), y cuento los escenarios en los que la acción colectiva evita la catástrofe. Los escenarios que extraigo de las prescripciones de los responsables políticos y activistas comparten ciertas condiciones necesarias.

La primera condición es que cada uno de los principales países contaminantes del mundo instituya medidas de conservación draconianas, cierre gran parte de su infraestructura de energía y transporte y reorganice por completo su economía. Según un artículo reciente en Nature, las emisiones de carbono de la infraestructura global existente, si operan durante su vida útil normal, excederán toda nuestra "asignación" de emisiones: los gigatones de carbono adicionales que se pueden liberar sin cruzar el umbral de la catástrofe. (Esta estimación no incluye los miles de nuevos proyectos de energía y transporte ya planificados o en construcción). Para mantenerse dentro de esa asignación, debe realizarse una intervención de arriba hacia abajo no solo en todos los países sino a lo largo y ancho de todos y cada uno de los países. Hacer de la ciudad de Nueva York una utopía verde no servirá si los tejanos siguen bombeando petróleo y conduciendo camionetas.

Las acciones tomadas por estos países también deben ser las apropiadas. Se deben gastar grandes sumas de dinero del gobierno sin desperdiciarlo y sin desviarse a los bolsillos equivocados. Aquí es útil recordar la broma kafkiana del mandato de biocombustibles de la Unión Europea, que sirvió para acelerar la deforestación de Indonesia para las plantaciones de aceite de palma, y ​​el subsidio estadounidense de combustible de etanol, que sólo resultó beneficioso para los productores de maíz.

Por último, un número abrumador de seres humanos, incluidos millones de estadounidenses que odian al gobierno, deben aceptar altos impuestos y una importante reducción de su modo de vida familiar sin rebelarse. Deben aceptar la realidad del cambio climático y tener fe en las medidas extremas tomadas para combatirlo. No pueden descartar las noticias que no les gustan como falsas. Tienen que dejar de lado el nacionalismo y los resentimientos de clase y raciales. Tienen que hacer sacrificios por las naciones lejanas amenazadas y las distantes generaciones futuras. Tienen que estar aterrorizados permanentemente por veranos más calurosos y desastres naturales más frecuentes, en lugar de simplemente acostumbrarse a ellos. Todos los días, en lugar de pensar en el desayuno, tienen que pensar en la muerte.

Llámame pesimista o llámame humanista, pero no veo a la naturaleza humana cambiando de manera fundamental a corto plazo. Puedo ejecutar diez mil escenarios a través de mi modelo, y en ninguno de ellos veo que se cumpla el objetivo de los dos grados.

A juzgar por las recientes encuestas de opinión, que muestran que la mayoría de los estadounidenses (muchos de ellos republicanos) son pesimistas sobre el futuro del planeta, y por el éxito de un libro como el desgarrador "Planeta inhóspito" (“The Uninhabitable Earth”) de David Wallace-Wells, que se lanzó este año, no soy el único que ha llegado a esta conclusión. Pero sigue habiendo reticencia a transmitirlo. Algunos activistas climáticos argumentan que si admitimos públicamente que el problema no se puede resolver, desalentará a las personas a tomar medidas de mejora. Esto me parece no solo un cálculo condescendiente, sino ineficaz, dado el poco progreso que podemos mostrar hasta la fecha. Los activistas que lo hacen me recuerdan a los líderes religiosos que temen que, sin la promesa de la salvación eterna, la gente no se molestará en comportarse bien. En mi experiencia, los no creyentes no son menos caritativos con sus vecinos que los creyentes. Y me pregunto qué podría pasar si, en lugar de negar la realidad, nos dijéramos la verdad.

En primer lugar, incluso si ya no hay esperanza de no alcanzar los dos grados de calentamiento, todavía hay un fuerte caso práctico y ético para reducir las emisiones de carbono. A la larga, probablemente no importa por cuanto superemos los dos grados: Una vez que se pasa el punto de no retorno, el mundo se transformará a sí mismo. En el corto plazo, sin embargo, las medidas a medias son mejores que ninguna medida. Reducir a la mitad nuestras emisiones haría que los efectos inmediatos del calentamiento sean algo menos graves, y de alguna manera pospondría el punto de no retorno. Lo más aterrador del cambio climático es la velocidad a la que avanza, la destrucción casi mensual de los registros de temperatura. Si la acción colectiva resultara en un huracán devastador menos, solo unos años adicionales de relativa estabilidad, sería un objetivo que vale la pena perseguir.

De hecho, valdría la pena intentarlo incluso si no tuviera ningún efecto. Fallar en conservar un recurso finito cuando hay medidas de conservación disponibles, agregar innecesariamente carbono a la atmósfera cuando sabemos muy bien lo que el carbono le está haciendo, es simplemente incorrecto. Aunque las acciones de un individuo tienen un efecto cero en el clima, esto no significa que no tengan sentido. Cada uno de nosotros tiene que tomar una decisión ética. Durante la Reforma Protestante, cuando el "fin de los tiempos" era simplemente una idea, no lo horriblemente concreto que es hoy, una pregunta doctrinal clave era si deberíamos realizar buenas obras porque nos llevarán al Cielo, o si deberíamos realizarlas simplemente porque somos bondadosos, porque, si bien el Cielo es un signo de interrogación, sabemos que este mundo sería mejor si todos las realizáramos. Puedo respetar el planeta y preocuparme por las personas con las que lo comparto, sin creer que eso me salvará.

Más que eso, una falsa esperanza de salvación puede ser activamente perjudicial. Si persistes en creer que se puede evitar la catástrofe, te comprometes a abordar un problema tan inmenso que debe ser la prioridad mas importante de todos siempre. Un resultado, extrañamente, es una especie de complacencia: votando a candidatos ecologistas, ir en bicicleta al trabajo, evitar viajar en avión... puede que creas que has hecho todo lo posible por lo único que vale la pena. Mientras que, si aceptas la realidad de que el planeta pronto se calentará hasta el punto de amenazar a la civilización, hay mucho más que deberías estar haciendo.

Nuestros recursos no son infinitos. Incluso si invertimos gran parte de ellos en una apuesta arriesgada, reduciendo las emisiones de carbono con la esperanza de que eso nos salvará, no es prudente invertirlos todos. Cada mil millones de dólares gastados en trenes de alta velocidad, que pueden o no ser adecuados para América del Norte, son mil millones que no están invertidos en la preparación para desastres, ayudas a países inundados o futura ayuda humanitaria. Cada megaproyecto de energía renovable que destruye un ecosistema vivo, (el desarrollo de energía "verde" que ahora se produce en los parques nacionales de Kenia, los proyectos hidroeléctricos gigantes en Brasil, la construcción de granjas solares en espacios abiertos) en lugar de en áreas asentadas, erosiona la resistencia de un mundo natural que ya lucha por su vida. El agotamiento del suelo y el agua, el uso excesivo de pesticidas, la devastación de las zonas pesqueras mundiales; también se necesita voluntad colectiva para estos problemas y, a diferencia del problema del carbono, están a nuestro alcance para resolverlos. Como beneficio adicional, muchas acciones de conservación de baja tecnología (restaurar bosques, preservar pastizales, comer menos carne) pueden reducir nuestra huella de carbono de manera tan efectiva como los cambios industriales masivos.

La guerra total contra el cambio climático solo tenía sentido mientras fuera posible ganar. Una vez que aceptas que la hemos perdido, acciones de otro tipo adquieren un mayor significado. La preparación para incendios e inundaciones y refugiados es un ejemplo directamente pertinente. Pero la catástrofe inminente aumenta la urgencia de casi cualquier acción para mejorar el mundo. En tiempos de caos creciente, las personas buscan protección en el tribalismo y la fuerza armada, en lugar de en el estado de derecho, y nuestra mejor defensa contra este tipo de distopía es mantener el funcionamiento de las democracias, los sistemas legales y las relaciones comunales. En cuanto a esto, cualquier movimiento hacia una sociedad más justa y civil puede considerarse ahora una acción climática significativa. Asegurar elecciones justas es una acción climática. Combatir la desigualdad de la riqueza extrema es una acción climática. Cerrar las máquinas de crear odio en las redes sociales es una acción climática. Instituir una política de inmigración humanitaria, abogar por la igualdad racial y de género, promover el respeto de las leyes y su aplicación, apoyar una prensa libre e independiente, librar al país de armas de asalto, todas estas son acciones climáticas significativas. Para sobrevivir al aumento de las temperaturas, cada sistema, ya sea del mundo natural o del mundo humano, deberá ser tan fuerte y saludable como podamos.

Y luego está la cuestión de la esperanza. Si tu esperanza para el futuro depende de un escenario tremendamente optimista, ¿qué harás dentro de diez años, cuando el escenario se vuelva inviable incluso en la teoría? ¿Renunciar por completo al planeta? Tomando prestado el consejo de los planificadores financieros, podría sugerir una cartera de esperanzas más equilibrada, algunas a más largo plazo, la mayoría a más corto plazo. Está bien luchar contra las limitaciones de la naturaleza humana, con la esperanza de mitigar lo peor de lo que está por venir, pero es tan importante luchar en batallas más pequeñas y locales que tienes alguna esperanza real de ganar. Sigue haciendo lo correcto para el planeta, sí, pero también sigue intentando salvar lo que amas específicamente, (una comunidad, una institución, un lugar salvaje, una especie que está en peligro) y celebra tus pequeños éxitos. Podría decirse que cualquier cosa buena que hagas ahora es una protección contra el futuro más cálido, pero lo realmente significativo es que es algo bueno hoy. Mientras tengas algo que amar, tienes algo por lo que mantener la esperanza.

En Santa Cruz, donde vivo, hay una organización llamada Homeless Garden Project. En una pequeña granja en el extremo oeste de la ciudad, se ofrece empleo, capacitación, apoyo y un sentido de comunidad a los miembros de la población sin hogar de la ciudad. No puede "resolver" el problema de la gente sin techo, pero ha estado cambiando vidas, una a la vez, durante casi treinta años. Apoyándose en parte mediante la venta de productos orgánicos, contribuye de manera más amplia a una revolución en cómo pensamos acerca de las personas necesitadas, la tierra de la que dependemos y el mundo natural que nos rodea. En verano, como miembro de su programa C.S.A. (Agricultura Sostenible Comunal), disfruto su col rizada y fresas, y en el otoño, como el suelo está vivo y no contaminado, las pequeñas aves migratorias encuentran sustento en sus surcos.

Puede llegar un momento, antes de lo que a cualquiera de nosotros nos gusta pensar, en el que los sistemas de agricultura industrial y el comercio mundial se rompan y las personas sin hogar superen en número a las personas con hogar. En ese punto, la agricultura local tradicional y las comunidades fuertes ya no serán solo palabras liberales de moda. La amabilidad con los vecinos y el respeto por la tierra (nutrir un suelo saludable, administrar sabiamente el agua, cuidar a los polinizadores) será esencial en una crisis y en cualquier sociedad que sobreviva. Un proyecto como el Homeless Garden Project me ofrece la esperanza de que el futuro, aunque indudablemente peor que el presente, también podría, de alguna manera, ser mejor. Pero, sobre todo, me da esperanza para hoy.

jueves, 15 de agosto de 2019

Tanto aún.

Tantos viajes que soñar, tantos aeropuertos fríos que salvar, tantos aviones incómodos para bostezar, tantas calles iluminadas y oscuras, vacías y llenas, madrugadoras y nocturnas, céntricas y periféricas, bares, antros, restaurantes elegantes, tantos vinos, licores dulces, tragos amargos, agua fresca...

Tantos sofás para salvar una noche, colchones en el suelo, camas que crujen y sacos en el campo. Tantas caras que van y vienen, que asustan, que ríen, que nos salvan...

Escalones, cuestas, playas de arena, hierba hasta las rodillas, regiones, fronteras, viejas y nuevas, países, banderas, acentos, músicas y bailes...

La lista que nunca acaba, la lista infinita, la rueda que gira, la vida que siente.

jueves, 29 de noviembre de 2018

"En otro país", traducción de "In another country", de David Constantine.

Llegué a este relato a raíz de ver la maravillosa película "45 years". Estuve buscando, pero no había traducción en español del relato, así que lo he traducido yo mismo.

En otro país.

Cuando la señora Mercer entró, encontró a su marido con un aspecto pésimo. ¿Que ocurre ahora?, preguntó, dejando sus bolsas en el suelo. Eso sobresaltó al señor Mercer. No puedo dejarte sólo ni un minuto, dijo ella. La han encontrado, dijo él. ¿Encontrado a quien? Esa chica. ¿Que chica? Esa chica de la que te hablé. ¿Que chica es esa? Katya. ¿Katya? dijo la señora Mercer comenzando a apartar las cosas del desayuno. No recuerdo a ninguna Katya. No recuerdo que me contases sobre ninguna Katya. Te cuento todo, dijo él. Siempre te he contado todo. No sobre Katya. Ella cogió su taza y el platillo. ¿Has acabado aquí? Él los había apartado para hacer sitio para un diccionario. Él todavía estaba en batín con una carta en su mano. Mi Katya, dijo él. No pude acabar mi té cuando leí la carta. Ya veo, dijo la señora Mercer. Aquello la preocupó. La aterró. Limpió la mesa rápidamente. Disculpa, dijo ella, bajando los dos escalones desde la cocina, me acordaría. Ella es extranjera, por como suena. Te lo conté, dijo él. Su cara tenía un aspecto herido. Una cosa que él no soportaba era que ella no le creyese cuando él le decía que le había contado cosas. Lo olvidaste, dijo él. No, no lo hice, dijo ella. ¿Cuando fue? Eso le hizo a él pensar. Hace mucho tiempo, lo admito. Fue hace mucho tiempo. Lo que preocupaba a la señora Mercer tomó forma de repente. En la pequeña habitación, entró un torrente de fantasmas. Ella se sentó enfrente de él y ambos sintieron frío. Esa Katya, dijo ella. Si, dijo él. La han encontrado en el hielo. Ya veo, dijo la señora Mercer. Un instante después ella dijo: veo que encontraste tu libro. Si, dijo él. Estaba detrás de los encurtidos. Debiste ponerlo ahí. Supongo que si, dijo ella. Era un viejo Cassell's. Había palabras en la carta, escritas a mano, que él no conseguía entender y palabras en el diccionario difíciles de encontrar, en escritura gótica antigua; aún así, él la había entendido. Hace años que no leo una palabra en alemán, dijo él. Es curioso como comienza a volver cuando lo ves de nuevo. Seguro, dijo la señora Mercer. El trapo doblado permanecía entre ellos sobre la mesa pulida. Es este calentamiento global, dijo él, del que seguimos oyendo. ¿Que? preguntó ella. Por lo que la han encontrado después de todo este tiempo. Aunque era él quien tenía la información, su cara parecía pedirle ayuda a ella. La nieve ha desaparecido del hielo, dijo él. Puedes ver directamente dentro. Y ella todavía está allí tal y como era. Ya veo, dijo la señora Mercer. Ella lo estaría, ¿no?, añadió él, si te paras a pensar. Si, dijo la señora Mercer, si te paras a pensar supongo que si. De nuevo, con su cara y con un ligero levantamiento de sus manos llenas de manchas pareció pedirle ayuda para comprender. Bueno, dijo ella después de una pausa durante la cual acercó el trapo hacia ella y lo dobló una vez y luego otra vez. No puedo quedarme aquí sentada todo el día. Tengo que ir al club. Si, dijo él. Es martes. Tienes que ir al club. Se levantó y comenzó a salir de la habitación pero se detuvo en la puerta y dijo: ¿Que vas a hacer al respecto? ¿Hacer? dijo él. Oh, nada. ¿Que puedo hacer?.

Todo el día en trance. Katya en el hielo, la nieve inmaculada cayendo sobre ella. Él se cortó afeitándose, mirando fijamente su cara, tratando de rescatar al veinteañero de su piel actual. Goteo de sangre, espuma rosa por donde entró al jabón. Él intenta ver a través de sus ojos hacia donde quiera que el alma o el espíritu o como quieras llamarlo habita y que no concuerda con la carcasa en la que se encuentra. La pequeña casa le oprimía. No había habitaciones suficientes a donde ir, de habitación en habitación, ningún lugar donde calmarse. Él miró hacia el jardín de baldosas pero los vecinos de ambos lados estaban fuera echando un vistazo. Eso le hizo salir con solo su ropa de estar por casa a través de la carretera apenas hasta donde la carretera descendía bruscamente y la urbanización de casas idénticas era redimida por unas vistas al estuario, las montañas y el mar abierto. Se quedó allí imaginando a Katya en el hielo. Se quedó tanto tiempo allí que la dueña de la casa frente a la que estaba parado salió y preguntó: ¿Se encuentra bien, señor Mercer? Si, dijo él, y vio su propia cara reflejada en la de ella, horriblemente. Soy demasiado viejo, pensó. No quiero que todo vuelva otra vez. Los dos somos demasiado viejos. No queremos que emerja otra vez. Pero había comenzado.

No hay té preparado, dijo la señora Mercer, dejando su bolsa en el suelo. Él estaba extrañamente sentado en un lado del sofá, como si alguien estuviera a su lado. No, dijo él. No sabía que tomar. La sangre se había quedado seca y negra en una línea en medio de su barbilla. De todas formas, no me encuentro muy bien. Es el día de la semana en el que tomas té, dijo la señora Mercer. Lo sé, dijo él. Lo siento. Ella se puso a ello. Él entró detrás de ella y se quedó en la puerta de la pequeña habitación donde cocinaban y comían. Su inquietud era palpable. Tanto para quedarse de pie o sentarse como para hablar o no. Se encogió de hombros dos o tres veces. Al final consiguió decir: entonces, ¿a donde fue la excursión? Prestatyn, contestó ella alegremente. Fuimos a Prestatyn. Siempre disfrutas de tus excursiones, dijo él. Si, dijo ella. No me pierdo una excursión del martes si puedo evitarlo. Él se había distraído otra vez. Su cara estaba desolada y ausente. Sus dedos, bajo su propia voluntad, se tocaban unos a otros. Si, dijo ella. Fuimos al mercado de Prestatyn y me compré una blusa. Tengo que verla, dijo él.

Me estaba preguntando, dijo la señora Mercer cuando estaban cara a cara comiendo en la pequeña mesa. ¿Por que te escribieron sobre esa chica? Pasó hace mucho tiempo y, ¿no me dijiste que estabais de paso? Soy pariente, dijo él. La señora Mercer dejó su taza. Perdona. Quiero decir que ellos piensan que lo soy. Ella no tenía padre ni madre, ¿verdad?, si lo piensas. Además, ellos eran judíos. Muertos de todas formas, por la edad. Pero muy probablemente muertos antes de que murieran de viejos. Y ella era solo una niña, mi Katya. Si pero, dijo la señora Mercer. Si pero, ¿que? No veo que eso te haga pariente. Oh, les dije que estábamos casados, dijo el señor Mercer. Ya veo, dijo la señora Mercer. Tuve que hacerlo donde nos quedamos. No como hoy en día. Tenías que decir que estabais casados en aquella época. Y llevar un anillo de pega. Nosotros nunca lo hicimos, dijo la señora Mercer. No tuvimos que hacerlo, ¿no?, dijo el señor Mercer. No tuvimos que hacerlo porque estábamos realmente casados. ¿Y vosotros dos no? No, no, dijo el señor Mercer. Solo dije que lo estábamos. Nunca me dijiste que estuviste casado con otra mujer. Lo dije, dijo él. De todas formas, no lo estoy. Y si no lo hice fue para que no te preocupases.

La comida siguió y acabó. Vieron un rato la televisión. Se fueron a la cama. En la oscuridad fue inmediatamente peor y peor. ¿Que edad tenía ella?, preguntó la señora Mercer. La misma que tu, respondió él. Casi el mismo día. Te lo dije, las dos sois virgo. La misma edad que yo, dijo ella. Todavía la misma edad, si lo piensas. Lo estuvieron pensando.

Tan silenciosa era la casa de noche, tan silenciosas todas las otras casas alrededor de ella que mantenían a los ancianos en ellas y a los viejos solitarios o todavía en parejas durmiendo temprano, despertándose, tumbados despiertos y pensando en el pasado. Tanto pasado cada noche en el silencio posándose sobre esas casas, que parecían todas iguales, sobre la colina, acercándose sigilosamente a la roca y el barranco y cayendo al río donde se ensanchaba, se ensanchaba y terminaba en el mar. Fuimos de pueblo en pueblo, dijo el señor Mercer en la oscuridad. Teníamos un mapa por donde empezar, pero pronto se acabó. Preguntamos por el camino. A veces contratábamos un guía de pueblo a pueblo. Teníamos uno cuando ocurrió, curiosamente. A decir verdad, dijo el señor Mercer, yo estaba un poco celoso de él. ¿Quieres decir que ella flirteó?, preguntó la señora Mercer. Me refiero a que ellos hablaban el idioma y yo todavía estaba aprendiendo y no siempre conseguía seguirlos. Se reían un montón, hacían bromas que yo no podía entender. Además, se adelantaron un poco más de lo necesario, quizás. O quizás yo les dejé, quizás me retrasé a propósito y les dejé avanzarse, no se por qué. Estábamos en un camino alrededor de una roca púrpura y resbaladiza y el glaciar a la derecha de nosotros, por debajo. Ellos iban riéndose, yo debí haberlos dejado adelantarse. Entonces el camino rodeaba la cara izquierda de la roca y ellos se perdieron de vista. El penúltimo sonido que escuché de ella fue su risa cuando ella ya estaba fuera de mi vista. Y el último, su grito. Cuando llegué allí, ya no estaba y el guía miraba hacia abajo. Su cara era de un amarillo sucio, lo recuerdo. ¿Ella era rubia?, preguntó la señora Mercer. No, dijo el señor Mercer, tenía el pelo negro. Pensaba que sería rubia, dijo la señora Mercer, siendo alemana. No, dijo el señor Mercer, te lo dije cuando te conté toda la historia, su pelo era como el tuyo, negro. Como el mío, dijo el señor Mercer.

El miércoles era el día de la biblioteca. ¿Lo mismo otra vez?, dijo el señor Mercer. Sus manos estaban temblando, parecía asustado. Algo por el estilo, dijo la señora Mercer. Ve con cuidado.

Lo que sea que hay detrás de los ojos o alrededor del corazón o donde sea que se encuentre, lo que sea que no es nuestra carcasa se detendrá cuando lo haga la carcasa, pero mientras tanto nunca envejece, ¿verdad? Explícale de otra manera su agitación cuando piensa en Katya dentro del hielo: su calor corporal y su alegría noche tras noche como la señora Mercer en las casas de madera entre flores en la nieve surge ante él, un hombre viejo cerca del final, le llena de manera tan completa como lo hace su renovada sangre. La dulce primera chica, el dulce impacto de la simple contemplación de verla desnuda por primera vez. ¿Que voy a hacer al respecto?, se pregunta él mismo en voz alta. Nada. ¿Que puedo hacer?

A la hora de cenar, él dice: Este calentamiento global... ¿Que pasa con él?, dice la señora Mercer. Leí algo más sobre eso en una revista en la biblioteca. Por cierto, he leído ese libro que me trajiste, dice la señora Mercer. Perdona, dice él. Están muy preocupados en Suiza especialmente. ¿Donde está yendo toda el agua? Los glaciares se están derritiendo pero él agua no ha salido aún. Creen que está atrapada, como una presa. Ya veo, dice la señora Mercer. Temen que salga toda de golpe un día. Muy probable, dice la señora Mercer. Entonces ella dice: Cuando dices que ella está todavía en el lugar donde cayó, ¿significa que la gente puede verla si van y miran? Si, dice el señor Mercer. Eso es lo que dice la carta. Allí aún aparentemente, tal y como era. Veinte años, vestida como aquel día y aquella época. Ella saldrá cuando las aguas escapen con barro y rocas, y cualquier rastro humano será borrado en el camino. Pero nosotros estaremos muertos por entonces y convirtiéndonos en arcilla para la tierra.

Por la noche, en el absoluto silencio de las noches entre esas pequeñas casas donde los ancianos viven, ella nota que él se levanta de la cama y en la completa oscuridad busca su batín y sale de la habitación. Ella deja que se vaya. De que manera le ha afectado todo esto a ella. No preguntar demasiado, en paz por las noches y un poco de júbilo ordinario por el día, algo de conversación, algo de lo que reírse y no hacerle daño a nadie. Y no todo esto. Una rendija de luz apareció bajo la puerta de la habitación. Ella le escuchó pescando sobre su cabeza con el palo, tap tap, para enganchar la trampilla con el gancho y bajar la escalera, y así subir a la buhardilla. Se va a partir el cuello. Pero ella escucha crujir los escalones y su respiración agitada cuando llega arriba. Se va a congelar. Que frío estaba el espacio entre el tejado y el pequeño espacio habitable, frío penetrante y lleno de corrientes de aire, donde guardaban el pasado, sus trastos y pequeñeces, en cajas, bolsas, sobre estantes hundidos, en pequeños escondites empequeñeciendo contra el techo. Ella le escuchaba en el techo encima de la cama, rebuscando. Cartones deslizándose. Escuchaba los esfuerzos. Entonces silencio. Ella se durmió. Se despertó súbitamente aterrorizada por su ausencia. Se quedó parada con su camisón a los pies de la escalera, incluso ahí hacía frío, llamándole hasta que finalmente apareció, envuelto y tiritando, sin su dentadura, inclinado sobre el agujero, su cara de un gris azulado de frío y de pena, se agachó sobre el agujero por encima de la cara de ella que miraba hacia arriba, su halo de fino pelo gris, e intentó no decir nada preocupante pero no pudo e hizo un murmullo, las fotos agarradas con dos manos junto a su corazón.

Él se durmió tarde y llegó arrastrando los pies sin afeitarse. Su mano temblaba. Ella le preparó su té. Ya está bien, dijo ella. Si, dijo él. Pero le preguntó si podía recordar donde había puesto el atlas grande. Solo quiero mirar, dijo él. Debajo del sofá, porque era más ancho que gordo. Y mis botas, dijo él. ¿Perdona? Mis botas. Pero esas no son. No, no, pero siempre compro las mismas. Ella pensó que podrían estar en el trastero, debajo de la pecera vieja. Ese bastón que traje debe estar ahí también, dijo él. Seguro, dijo la señora Mercer. ¿Y pedirás cita para que te den algo que te tranquilice?

Él había encontrado las fotos y un libro de ella que él le llevaba en su mochila cuando ella se adelantó con el guía, y fuera de su vista, cayó a través de la nieve dentro de una grieta en el glaciar. Era un libro de poemas en escritura gótica con una águila nazi estampada en la cubierta interior. Entre las páginas había algunas gencianas, planas y casi negras. Pero azules si las mirabas el tiempo suficiente, un azul eterno. En las fotografías ella era tal y como era: delgada, con una falda larga, sonriendo, su cabello negro en una curva alrededor de su mejilla. Las montañas blancas estaban detrás. Los caminos en los que se paraba para ser fotografiada parecían a menudo vertiginosos pero en realidad eran lo suficientemente seguros, hasta el último. Se dirigían hacia el sur, más o menos, intentando encontrar el camino a Italia, como dijo ella que siempre había querido. Su idea era que habría una gran última escalada, muy alto donde sería difícil poder respirar, y después de eso todos los arroyos correrían en la otra dirección y ellos correrían hacía abajo con ellos, entrando en calor más y más a través de una increíble profusión de flores, y no muy lejos verían las viñas y eso sería Italia. Pero algunos días olvidaban donde estaban yendo y si un lugar era bonito se quedaban.

Una cosa que no te conté, dijo el señor Mercer a la mañana siguiente después de una noche silenciosa, aunque mayormente en vela, con los ojos abiertos y pensando. ¿Oh?, dijo la señora Mercer. Pediste una cita con el doctor, espero. Si, dijo él. Esta tarde. Estaba pensando de noche en una cosa que nunca te conté. Nunca se lo conté a nadie. Ni a un alma. Nadie lo supo nunca. Soy el único en el mundo que lo sabe incluso ahora, el único vivo, quiero decir. ¿Y bien? dijo la señora Mercer. Ella iba a tener un bebé. Mi Katya. Más y más lentamente la señora Mercer siguió con su tostada y la mermelada casera de ciruela damascena. Él se sentó, volviendo sus manos vacías. Su rostro, sabía ella, lo había confrontado, estaba mirando hacia ella con su mirada perpleja y suplicante, los ojos detrás de las gafas poco limpias. Supongo que pensé que podía molestarte en aquel momento. Ya veo, dijo ella después de un rato en el que su boca se había rendido intentando comer. Supongo que pensarías eso. Entonces ella llevó sus cosas a la pila y lo dejó sentado allí con las suyas.

Dejaron de estar juntos; comían juntos, dormían juntos, pero estaban en círculos separados. Casi de inmediato, como si fuese más allá de sus decadentes fuerzas, él renunciaba a apiadarse de su mujer y se refugiaba décadas atrás en el par de meses de un verano en los Alpes. Entre pensamientos y murmullos, él fue de un lado a otro, arriba y abajo, nunca se sabía en que andaba, ni en compañía de ella, cara a cara en otra comida o lado a lado en un paseo a la oficina de correos, fuese correo para ella o para él. Me pregunto donde pusiste ese gran diccionario médico. No estaba con el Cassell detrás de los tarros. En la buhardilla quizás. La escalera a la buhardilla estaba permanentemente bajada, estorbando el camino hacia la pequeña sala de estar. Un soplo de frío pasaba sobre la abertura. O el calor de su espacio habitable, traído aquí, era convertido en frío justo encima de sus cabezas. Él estaba allí arriba a menudo, rebuscando. En el mecanismo de su amor y su deber, ella le pidió que bajara cuando su comida estaba en la mesa. Pero también por las noches él subía allí, y ella le oía moverse y murmurar sobre el techo de la habitación. Entonces ella lloraba por ella misma, por la injusticia. No cabe duda, de que haces todo el camino hasta el final y cuando miras atrás, ¿no estás lleno de horror y decepción y deseo sin esperanza? Todo lo que ella quería era poder decir que no ha sido para nada, no ha sido una perdida de tiempo, los cincuenta años, que suman algo, si no un niño, algo creado y surgido entre marido y mujer de lo que podrías estar orgulloso, y casi tan importante como un niño. Y ahora todo esto: él escarbando a través de las capas, rebuscando a través de todas las pertenencias de ellos dos, para volver donde quería estar, en la época antes de ella. Una vez, con un rencor que torció su boca como si la pregunta fuese vinagre, ella preguntó: ¿De cuanto estaba? Seis semanas, respondió el señor Mercer. Calculamos que serían unas seis semanas.

El feto con seis semanas es una cosa diminuta colgada en la madre como una criatura hibernando. El diccionario médico estaba en la buhardilla en un lugar muy estrecho, donde los aleros bajaban entre una especie de muro falso de aglomerado. Pero el señor Mercer lo encontró finalmente, y dentro de él una fotografía del feto con seis semanas, y se sentó allí bajo la bombilla desnuda como un adolescente, observándola. Lo que le impactaba más cuando piensa en Katya y él era la imprudencia. Esa fue la palabra que le vino. Eramos imprudentes. Porque realmente, si estuvo mal cuando estábamos partiendo, que fue en Baviera, no fue mucho mejor hacia donde nos dirigíamos, que era Italia, y allí arriba en la nieve, el minuto en el que salimos que hicimos sino tener un bebé. Imprudentes. Obviamente teníamos que bajar otra vez tarde o temprano, fuera del aire afilado, las flores y la nieve, y afrontar nuestras responsabilidades en un mundo malvado que se ponía peor. Pero de nuevo cuando pensaba en ello no parecía para nada imprudente, porque de lo que estaba más seguro, años después, era de como de seguros estaban todos esos años atrás de que lo que él quería con ella y ella con él era tener un bebé y salir a vivir, y vivir juntos incluso por más tiempo. Y no se te puede llamar imprudente cuando sabes así de bien cual es tu propósito en la vida y actúas consecuentemente. Y sin embargo no caminaron a un lugar en concreto, solo a Italia y no importaba mucho dónde en Italia, cada día parecía tener suficiente sentido el ir desde donde estaban hasta donde acababan, y encontrando cualquier lugar agradable para quedarse como marido y mujer con su anillo de bodas falso. Y días en los que no querían ir a ningún lugar, sino quedarse en la cama y dar un pequeño paseo en el vecindario, cuando les apetecía simplemente con la misma decisión con la que partían a las cuatro de la mañana, terriblemente serios. Me pregunto como lo hicimos para comer, se preguntó allí arriba, en el espacio del tejado, como si alguien le estuviese preguntando. ¿Como nos apañábamos con el dinero para ir de ese modo día tras día, semana tras semana? Solo puedo suponer, se dijo a sí mismo en voz alta o en su cabeza, que Dios proveía y había gente buena por el camino. Tengo el sentimiento, dijo, que de alguna manera le gustábamos a la gente y de una forma u otra les alegraba que apareciésemos. Cuando el señor Mercer pensó en ella y en si mismo, pensó en ciertas flores y no en las gencianas, que no tenían pensamiento alguno, sino en una frágil y desnuda flor violeta que surgía en el propio hielo, tan pronto como había el mínimo trozo de hierba o tierra y el agua deshelándose alrededor de ella y corriendo rápido, ahí veías una o más de esas frágiles flores brotando rápidamente. Entonces, y aún más ahora, él quiso llamarlas, a esas flores, valientes: pero una flor era una flor y ni valiente ni cobarde ni nada, aunque la palabra 'valiente' le vino a la mente cuando pensó en esa rápida conquista de una oportunidad para brotar en cuanto el hielo se habría aunque fuese un poco. Y así era como él pensaba en Katya y en él, después de todo ese tiempo con Hitler, de donde habían venido y Mussolini, donde estaban yendo, allí arriba deambulando y teniendo un bebé en el mismo momento en el que le dieron la espalda a la civilización.


Martes otra vez. ¿Dónde es la excursión hoy, entonces? Preguntó el señor Mercer. A la señora Mercer le parecía que había envejecido diez años en una semana, si eso era posible para un hombre de su edad. El Paso de Herradura, dijo alegremente, y las cascadas Swallow, para ver algunos paisajes. Disfrutarás de eso, dijo.
En el momento en que la puerta se cerró detrás de ella, se puso las botas que no eran las botas, pero le gustaban porque siempre había comprado las mismas, y había preparado una mochila con los mapas y algunas provisiones para el viaje. Los mapas fueron los mismos, en escritura gótica con un par de excursionistas en la portada, con el traje de esa época y lugar. Los había encontrado en el desván con las fotografías que tenía contra su corazón, ahora en una billetera con la carta para demostrar que tenía derecho a verla en el hielo, si alguien con autoridad lo desafiaba. Cuando estuvo listo con un gorro, un bastón y dinero del lugar donde escondió el suyo, debajo de una de las vigas, escribió un mensaje para dejar en la mesa a la Sra. Mercer cuando ella regresara a casa de su viaje. Querida Kate, escribió: Lamento lo del té otra vez, pero confío en que entenderás que tengo que ir a verla como el pariente más cercano y estoy seguro de que todo volverá a la normalidad aquí contigo y conmigo después de eso. PD. He pedido otra cita en una semana para el lunes. Creo que le pediré algo un poco más fuerte para calmarme.

Donde la carretera se aleja de las idénticas casas, el señor Mercer se detuvo por un momento en la vista, en el estuario, en el río que se ensanchaba y se entregaba al mar infinito. Un rayo de luz del sol estaba en ese lugar donde agua dulce y salada se juntan y la sal absorbe todo el río, todos los arroyos de todas las colinas a lo largo de todo el camino, y no siente apenas diferencia, sino que continúa vasto y plano, y continua y continua no potable. Equipado para irse con dinero y algunas galletas para el viaje, el Sr. Mercer se concentró en un bebé de seis semanas formándose en una chica de veinte años dentro del hielo después de sesenta años, descubierta porque el glaciar había perdido su nieve, y descubierta allí, intacta. La buena mujer en frente de cuya casa se paró debe haberlo observado durante unos buenos diez minutos desde la ventana de su habitación antes de salir preocupada. E intentó de la mejor manera posible entonces, sacudiéndole suavemente, hablándole cerca de su cara ausente, para llegar a lo que todavía estuviese vivo en él allí, detrás de sus gafas y el brillo de las lágrimas.

domingo, 11 de noviembre de 2018

"La trampa de la diversidad", de Daniel Bernabé.

Reflexiones interesantes:

"El matrimonio homosexual, la memoria histórica, el lenguaje de género o la educación para la ciudadanía empezaron a ocupar portadas de los medios y a crear polémica.
¿Estamos afirmando que los ejemplos mencionados carecen de importancia? En absoluto. Es importante que un grupo social pueda tener los mismos derechos civiles que el resto o reconocer desde las instituciones nuestra historia y la dignidad de los republicanos olvidados. Lo que decimos es que estos conflictos culturales tenían un valor simbólico en tanto que permitían a un Gobierno que hacía políticas de derechas en lo económico validar frente a sus votantes su carácter progresista al embarcarse en estas cuestiones."


"¿Está el feminismo preparado para aguantar la seducción identitaria? Lo estará en la medida en que sus integrantes opten por la acción de base frente a su reflejo espectacular, en que elijan la acción colectiva frente a la respuesta individualista, en que se relacionen con su movimiento de una forma ideológica y no mercantil, en que las opiniones de Catherine MacKinnon o Angela Davis sean más relevantes que las de los suplementos de tendencias, en que centren su atención en las Kellys y las espartanas de Fuenlabrada antes que en Ana Rosa Quintana y en Oprah Winfrey."


"Para gran parte del activismo que hoy es considerado joven, pero que mañana ocupará las cátedras, las tribunas de opinión y la dirigencia de los partidos políticos de izquierda, la lucha política consiste en una relación de esferas escindidas ocupadas por grupos oprimidos que requieren atención dependiendo de la polémica dictada por la televisión o algún suceso puntual que los sitúe como centro de las desdichas."

"Quizá sea el momento de recuperar dos palabras: acción colectiva. Lo primero que hay que empezar a pensar es cómo sacar a las luchas de la diversidad de su tendencia a la atomización, el fraccionamiento y el individualismo. El repaso a los conceptos que el activismo usa insistentemente no es una cuestión semántica, es la prueba de que las palabras reflejan siempre la ideología que las impulsa. Debemos dejar de pensar cómo hablamos para pasar a hablar como pensamos.

No necesitamos más victimización, agitación de la condición de ofendidos, ni deconstrucción de opresiones, necesitamos análisis sobre la explotación y las discriminaciones, medirlas, comprobar sus relaciones con el ámbito de lo real. No necesitamos teorización acerca de privilegios, sino entender cómo las clases sociales operan en nuestra sociedad y cuáles son las relaciones que mantienen con la diversidad realmente existente."


"La política no puede quedar confinada en un edificio, de la misma forma que no puede ser un objeto amable y consumible que el votante, cada cierto tiempo, compra en un mercado electoral. La idea de que la política está para darnos cosas, como si fuera una máquina expendedora de refrescos en la que apretamos sin mayor criterio un botón, es abyecta. La política no puede ser un espectáculo del sábado noche en el que elegimos equipo con la esperanza de que nuestro tertuliano favorito tenga una intervención brillante. La política no tiene que ser amable, ni decir a la gente lo que quiere escuchar, que no es más que lo que otros interesadamente han sentenciado como lo razonable."