sábado, 20 de septiembre de 2014

La patrulla

- Miren el edificio que quedará a la derecha en la avenida, es la casa de la moneda, del siglo XVII, de estilo colonial. La fachada tiene muchas esculturas talladas en piedra.

El furgón giró a la izquierda en la desierta avenida y los nueve hombres que viajaban dentro intentaron hacerse un hueco en las ventanillas del otro lado para observar el edificio. Enormes columnas de piedra flanqueaban la construcción. Ramírez se sentía casi en un paseo turístico. Estaban atravesando el centro de la ciudad y no se veía un alma. El enemigo había huido hacía días hacia el otro lado del río, que hacía frontera entre los dos países y partía la ciudad en dos. El cielo era de un gris plomizo, a punto de descargar lluvia en cualquier momento.

Castro era un amante del arte y un buen guía, probablemente mejor guía que capitán, pero Ramírez le tenía aprecio. Le había ayudado mucho en sus primeros días en la milicia, y era muy buena persona. Muchas veces habían hecho guardias juntos y se habían pasado horas hablando de pintura, de literatura y de cine, llegando incluso a discusiones acaloradas que siempre acababan con un imposible entendimiento. Pero ambos hombres se apreciaban, aunque Ramírez sabía que Castro era un pésimo militar.

La furgoneta avanzaba renqueante por la avenida mientras la casa de la moneda quedaba atrás. Ramírez echó un vistazo al grupo de hombres. Parecían incluso militares profesionales con aquellos uniformes color caqui, recién estrenados, todavía limpios y sobre todo con los fusiles de asalto que el enemigo había abandonado en aquel almacén en su huida precipitada. Todo eso contrastaba ridículamente con el furgón donde viajaban, de casi treinta años, que quemaba aceite más rápido que gasolina, pero dado el estado precario de la milicia, no habían podido conseguir nada mejor.

- Que les parece si paramos un rato junto al río antes de cruzar la frontera. Hacemos un alto y disfrutamos de las vistas antes de dejar el país.

Hubo un tímido murmullo de aprobación, pero Ramírez levantó la voz para desaprobar.

- Castro, no le parece que sería mejor cruzar cuanto antes, en una ciudad tan grande puede haber algún enemigo descolgado agazapado en los bloques de edificios.

- No se preocupe Ramírez, si no hemos visto ninguno en la avenida principal, es que ya han escapado los últimos. Además, ayer nos confirmaron por radio que el enemigo evacuó la ciudad hace cuatro días. ¡Relájese, hombre!.

Los chicos rieron descargando un poco de tensión en el ambiente y Ramírez sonrió pensando que le vendría bien estirar las piernas después de pasar las últimas horas encerrado en una posición poco cómoda en el furgón. Habían salido justo antes del amanecer y ya eran casi las once de la mañana.

Pararon el furgón junto al paseo que discurría paralelo al río. En algún momento, aquel paseo, la avenida y toda la ciudad había estado llena de gente, trabajando, corriendo a toda prisa pensando en sus negocios o simplemente paseando relajadamente, pero ahora estaba muerta y no se veía a nadie. Ni siquiera rastros de la guerra, puesto que el enemigo se había retirado de allí antes de que hubiese tiempo para alguna escaramuza. Casi parecía un paisaje parado en el tiempo, surrealista, algo post apocalíptico. A Ramírez le recorrió un escalofrío.

La puerta de la furgoneta se descorrió y Ramírez bajó de un salto junto con sus compañeros.  Hacía frío aquella mañana y no se veía ni rastro de sol entre tanto nubarrón gris. Los fusiles pesaban en la espalda.Algunos chicos encendieron unos cigarrillos, mientras caminaban hacía el río. Llegaron al pequeño muro y se asomaron. Era un despeñadero de unos cuarenta metros. Al fondo, unas enormes rocas planas cubrían la mitad del cauce, mientras el río corría manso en la otra mitad, con un precioso azul turquesa manchado de un azul más profundo en algunas partes. Un poco más abajo, una pasarela atravesaba el río por encima de sus cabezas. El otro lado quedaba a unos treinta metros, y más allá se veían más bloques de edificios enormes. Aún tendrían un buen rato después de cruzar el río, antes de abandonar la ciudad.

Comenzaron a caminar en dirección a la pasarela, puesto que después se abría un parquecito donde podrían echarse sobre el césped un rato y descansar. Charlaban tranquilamente cuando comenzó una lluvia de metal sobre la pasarela y las pequeñas columnas de debajo que le puso el corazón en la boca a Ramírez. Se echaron al suelo gritando y buscando algún refugio. Parece ser que estaban al otro lado del río, pero bastante lejos, puesto que no le habían acertado a nadie. Les habían observado bajar de la furgoneta y habían esperado, relamiéndose, hasta que estuviesen a una buena distancia para disparar sobre ellos. Todo lo que podían hacer era cubrirse en el pequeño muro de dos palmos de alto que les separaba del precipicio. Ramírez asomó la cabeza por encima. Vio tres fogonazos en un edificio muy alto, a unas tres manzanas de distancia al otro lado del río, a unos doscientos metros, calculó. Volvió a apoyar su cara contra el muro. Estaba frío, pero el sentía que su cara ardía.
- Están lejos, Castro. Parecen pocos.
- Será mejor que volvamos a la furgoneta y subamos río arriba para cruzar por otro puente. Hay otro a unos cinco kilómetros. ¡Rojo, vaya hasta la furgoneta, abra las puertas y tráigala hasta aquí, nosotros le cubrimos!
- ¡A sus ordenes!
Los ocho hombres se asomaron disparando antes de apuntar mientras Rojo corría agachado, y Ramírez aprovechó para mirar por la mirilla. Esta vez solo vio un fogonazo, y rápidamente el autor del disparo se cubrió. Unos segundos después escuchó un grito apagado, casi un suspiro. Un par de decenas de metros a su izquierda, Rojo estaba caído en el suelo. Sintió algo caliente y viscoso en sus piernas. Miró. Era sangre, pero no le dolía porque no era su sangre. A su derecha había alguien boca abajo sobre un charco rojo tinto. Se dio la vuelta y vio un grupo de unos diez hombres que tomaban posiciones mientras les disparaban. Era una emboscada. Castro se había equivocado otra vez, pero esta vez iba a ser la última. Era el fin. Estaban totalmente a descubierto, les superaban en número y además tenían dos flancos. Que estupidez había sido parar allí.

Las balas silbaban a su alrededor pero Ramírez no las escuchaba apenas. Un murmullo de grititos lejanos y alaridos llegaba a sus oídos, pero su corazón apagaba todos los sonidos martilleando sus sienes con un sonido acolchado. Mientras disparaba sin ninguna esperanza, Ramírez solo pensaba en ese sonido. .

Ramírez sabía que iba a morir. Era el final. Pero no quería morir tumbado con la cara contra un muro. Pensó en el río. Probablemente se mataría en la caída, pero no tenía otra posibilidad, todo estaba perdido. En lo que pareció una eternidad, Ramírez empujó el fusil hacía delante descolgándolo de su hombro, pero no lo vio caer al suelo. Todo parecía discurrir a una lentitud exagerada. Ya en cuclillas, se dio la vuelta y apoyó un pie encima del borde del pequeño muro, cogió impulso y saltó con todas sus fuerzas, porque se acordó de la roca plana de la orilla y no quiso sino caer en el azul profundo. Caería en el agua de pie y comenzaría a nadar río abajo a favor de la corriente y cuando los enemigos hubiesen acabado con toda su patrulla, lo que no les llevaría más de un minuto, porque aquello era un fusilamiento, y llegasen al borde del muro, él ya estaría a bastante distancia, y quizás ni se molestarían en mirar, porque pensarían que se había matado en la caída, y él podría salir del río más adelante y buscar un puesto amigo de la milicia, pero mejor encendería un fuego antes y se calentaría dentro de alguna casa vacía.

En todo eso pensaba Ramírez, pero dejó de pensar y se dio cuenta de lo precioso que era el paisaje. Ya estaba volando a cuarenta metros sobre el río mientras miraba el turquesa del fondo. Sintió un calor agradable entre la nuca y la base del cráneo, algo como un abrazo maternal que le estremecía de placer, y se dio cuenta de que se había quedado suspendido en el aire y no le importó porque lo único que quería era disfrutar de aquellas maravillosas vistas. Vio a lo lejos los enormes bloques grises de edificios, incluso le pareció distinguir los fogonazos de los francotiradores en aquel edificio. El cielo seguía gris, pero todavía no había empezado a llover, y a la derecha, a lo lejos, después de la pasarela, estaba el puente que deberían haber cruzado. Pobre Castro. Era un inútil, pero él ya no le guardaba rencor. Se sentía feliz de poder disfrutar de todo aquello, mientras lo único que oía era su corazón latir con tanta fuerza que tapaba los demás sonidos. Solo podía sentirse agradecido de aquel momento eterno de levitación sobre el río, y no le importaba nada ya, porque era libre, despegado del suelo sobre la tierra, con esa reconfortante sensación cálida en su cabeza que le arropaba de la suave brisa fresca que corría sobre el río y pensó que había sido una buena decisión saltar, mejor que morir como un perro acribillado contra el muro, y sólo entonces comprendió que ya estaba muerto, y que en el momento de tomar impulso para saltar, una bala le había reventado el cráneo, y mientras pensaba en ello, miró abajo y vio su cuerpo destrozado sobre la roca plana, con un revoltijo de pelo y sangre en lugar de cabeza, pero no le importó, porque flotaba sobre el río y apreciaba de verdad el azul intenso del agua. Cerró los ojos y se sintió afortunado por todo aquello, por esas conversaciones con Castro, por las risas con los chicos, por aquel día fresco y gris y por que toda su vida acabase de esa manera tan mágica y tan especial, y miró por última vez al río disfrutando de sus aguas mansas. Y después de eso... Después de eso nada.

lunes, 31 de marzo de 2014

Unas pobres palabras

¿Cómo escribir unas palabras que no suenen huecas y artificiosas, carentes de sentido? Creo que al escribir, las acciones definen mejor a una persona que los adjetivos. Yo podría decir: gracias por todo, te quiero. ¿Pero que habría detrás de estas palabras, sino solo palabras?

¿Cómo describirte pues con acciones? ¿Quién eres tú?

¿Eres esa chica que sonríe al descubrirme buscándola con la mirada? ¿O esa otra que acariciaba al perro aquella luminosa tarde junto al mar? ¿Quizás aquella que se emociona conmigo escuchando esa canción? ¿Qué tal esa que compartía risas y copas en un bar de París? ¿Aquella que exclama orgullosa que se ha ganado todo lo que tiene con su esfuerzo, sin regalo de nadie? ¿Una que dice que el mundo no es justo y que no vale la pena luchar, pero en el fondo nunca ha perdido la fe en poder cambiarlo? ¿Esa mujer valiente que lo dejó todo para empezar de cero lejos de su hogar, junto a mí? ¿O puede que la que ahogó lágrimas en mi pecho extrañando a los suyos, pero que nunca se rindió? ¿La que tanto ilumina mis días y enciende mis noches? ¿El espejo en el que navego?

La que contemplaba conmigo el Mediterráneo y que atravesará conmigo el Atlántico en unos pocos días para mostrarme sus raíces, la que me llevará a descubrir mares lejanos y países exóticos.

Tantos momentos, tanta vida, tan pobres palabras…

Feliz, tierna, inteligente, sensible, fuerte, valiente, espontánea, divertida, ardiente, orgullosa, justa, ilusionada, inspiradora…. Adjetivos, adjetivos y más adjetivos, palabras que se repiten una y otra vez a través de los días.

Por todos esos días juntos, por esos tres años, y por los incalculables días que nos quedan, días brillantes y noches apasionadas, he querido compartir estas palabras contigo, para hacerte ver quién eres a través de mis ojos y lo que vales y lo que te necesito, porque tú eres como yo y prefieres verbos a adjetivos, pero hoy es un día especial y me puedo permitir emplear estas palabras clásicas pero aún mágicas.

Gracias por estar a mi lado. Te amo.

Un atardecer con vistas

Juntos contemplamos el cielo anaranjado desde tu ventana. Por debajo, en la carretera, miles de personas siguen escribiendo su historia, sin siquiera reparar en ello, indeferentes los unos a los otros, ajenos a nuestras reflexiones.

Brindamos con vino por nuestra vida, porque, aunque nunca la imaginamos exactamente así, nunca fuimos desagradecidos.

Tu ya tienes un niño precioso, lleno de vida, con ojos de un azul tan profundo como los de su madre, como el azul de nuestro mar, como el azul de nuestros cielos de verano. Yo vivo lejos de nuestra infancia, quizá por eso vuelvo a ella cuando vuelvo a nuestras calles, cuando te veo de nuevo. Para mi siempre fuiste un hermano.

Yo pagaré este vino, porque este atardecer con vistas es impagable. Brindemos pues, hermano, por nuestra historia, por el pasado y por el futuro.

Mientras la noche cae, por debajo de tu ventana, en la carretera, miles de personas siguen escribiendo su historia.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Natália, de Legião Urbana.

Vamos a hablar de pesticidas y de tragedias radioactivas.
De dolencias incurables. Vamos a hablar de tu vida.

Presta atención a lo que dicen. Tener esperanza es hipocresía.
La felicidad es una mentira, y la mentira es salvación.

"Bebe de esta sangre inmunda y conseguirás dinero".
Y cuando el circo se pega fuego, somos los animales en la jaula.
Pero tu solo quieres algodón dulce. No confundas ética con éter.

Cuando pienso en ti tengo fiebre. Pero quien sabe, un día escribo una canción para ti.

Es complicado estar sólo, solo el que lo ha estado lo sabe.
Cuando la tristeza es siempre el punto de partida. Cuando todo es soledad.

Es necesario creer en un nuevo día, en nuestra gran generación perdida,
en los chicos y chicas, en los tréboles de cuatro hojas,
porque la oscuridad es aún peor que está luz tenue.
Pero todavía estamos vivos.

Pero quien sabe, un día escribo una canción para ti.

lunes, 12 de agosto de 2013

Una nueva vida

El cielo amenazaba con tormenta esa tarde de agosto, mientras Dylan Jones salió de casa de sus padres, en el barrio de Riverside. Tomó Clare Street hacia el centro de Cardiff para desviarse a la derecha en Green Street y salir al puente que da al centro de la ciudad. No cruzó el puente, sino que entro en los jardines del río Taff y caminó río arriba, por la orilla derecha. El aire olía a lluvia y a vegetación pudriéndose en los márgenes del río.

Mientras caminaba, algunos ciclistas se cruzaron en su camino, pero Dylan Jones estaba tan absorto en sus pensamientos que incluso alguno de esos ciclistas tuvo que parar para no arrollarlo. Seguramente pensó en la cita que le esperaba, junto al puente de la presa, un poco más arriba. Allí se citó con la que había sido su novia los tres últimos meses, Clarisse Jenkins. Ella era la primera novia que Dylan Jones había tenido, pero desde hacía un par de semanas, los dos jóvenes de dieciocho años se habían separado, según Clarisse, porque Dylan era un inmaduro y no estaba preparado para una relación, aunque él fué quien tomó la decisión de acabar con la relación.

Dylan Jones llevaba tiempo dándole vueltas a una idea. No le gustaba estudiar y se veía abocado a trabajar en la ferretería de su padre, pero ya se había hecho a la idea. Incluso había incluido a Clarisse en su vida. Se veían únicamente los fines de semana, se emborrachaban y se acostaban juntos en la habitación vacía que un amigo de ellos tenía en su piso compartido. Parecía una vida fácil. Un trabajo tranquilo, una familia, una mujer a su lado. Pero algo dentro de él se resistía a creer que eso era todo. Tan sólo tenía dieciocho años, toda la vida por delante. Toda una vida para pasarla en la ferretería, y con Clarisse.

Cuando se encontraban pasaban la mayor parte del tiempo en silencio, paseando por el parque si no llovía o viendo una película en el cine. Luego iban a casa de su amigo, bebían todos juntos y contaban historias graciosas sobre sus compañeros de la escuela. Clarisse siempre contaba la noche en la que bebió tanto que perdió la consciencia y la policía la llevó al hospital, y apareció su madre, y la cara que puso, y siempre reía al llegar a ese punto de la historia, pero Dylan no lo encontraba gracioso, aunque reía las primeras veces, pero luego ya ni siquiera reía y aborrecía a Clarisse siempre que contaba esa historia delante de todos. Siempre que pasaba una tarde a solas con ella pensaba en que podría estar haciendo en ese momento.

Una noche, la pareja estaba en casa de Tom, el amigo que les dejaba dormir en la habitación de su piso. Tom era unos años mayor que Dylan. Un día, Dylan le preguntó a Tom por el antiguo inquilino de esa habitación. Era un chico de veintitrés años, que trabajaba en una oficina en Cardiff Bay. Un día le dijo a Tom que dejaba la habitación, porque se iba a vivir a Canadá. Dylan se mostró interesado e insistió a Tom para que siguiese. <>. Dylan quiso saber más, pero todos los presentes se rieron de ese chico, así que Dylan no quiso parecer un imbécil también y dejo el tema. Pero a cada rato, cada día, imaginó a ese chico, solo en un país nuevo, buscándose la vida, empezando de cero. Conociendo gente, haciendo nuevos amigos. Cuando estaba en la cama con Clarisse, después de hacer el amor, se imaginaba como vivió ese chico en esa habitación, como pasó sus últimos días antes de atreverse a dar ese salto. La habitación le parecía a Dylan un santuario, porque pese a estar medio vacía, quedaban algunos datos reveladores de la persona que vivió en ese espacio. Objetos en los que no reparó las primeras veces, pero que luego veía cargados de simbolismo. Un libro. Un lápiz. Una púa de guitarra. Un posavasos con un texto en francés...

Tumbado en la que fue cama de otro durante meses, Dylan trataba de adivinar más detalles de esa vida fugaz, de esa presencia que aún vivía en su imaginación después de ocupar ese mismo espacio durante un tiempo diferente. Hablaba en voz alta, pero a Clarisse parecía irritarle el tema. <> pero Dylan solo oía a Clarisse sin entenderle, como un sonido monótono a su lado y se veía finalmente a sí mismo como ese chico. Era una señal que le decía que sólo iba a vivir una vez, y que algo de lo que hacía ahora estaba mal. Algo estaba privándole de sus sueños, le alejaba de la melancolía que sentía por todos esos lugares que aún no había visto, y cada día daba un paso más hacía una vida mediocre. Así que llegó a la decisión de que tenía que irse a Canadá.

Por supuesto, no se lo dijo a Clarisse ni a sus amigos. Quería tener un proceso tranquilo y lento, que la idea fuese cogiendo fuerza dentro de sí para, llegado el momento, partir sin tener que escuchar las opiniones de los demás, que ya adivinaba negativas. Se imaginaba comunicando la noticia a sus amigos una noche, y solo con pensar en la reacción de estos, se sonrojaba. Lo primero que hizo fué dejar a Clarisse. Ella se enfadó mucho, pero no lloró ni parecía triste. Se limitó a insultarle a él, diciendo que nunca encontraría a nadie que aguantase sus tonterías y sus fantasías estúpidas, que aún era un niño y ella necesitaba un hombre de verdad, que le había hecho perder el tiempo.

Durante esas dos semanas sin Clarisse, Dylan Jones pasó mucho tiempo investigando sobre Canadá, viendo precios de vuelos, información sobre visados, alquileres en habitaciones, hostales... no se encontró con sus amigos en esas dos semanas y ellos pensaron que se sentiría mal por su separación con Clarisse. Curiosamente lo que más echaba de menos Dylan era esa habitación mágica. Eso y alguien con quien hablar de sus planes. Pensó en lo maravilloso que habría sido el conocer al chico de la habitación. Él le habría entendido.

Hizo cálculos y pensó que trabajando hasta Febrero ya dispondría del dinero suficiente para el billete y un par de meses viviendo de forma casi miserable en Toronto, el resto sería improvisar, pero estaba convencido de que la suerte le sonreiría. Estaba totalmente absorto en su nueva vida, en esa aventura, hasta que un día un mensaje de Clarisse en su teléfono le citaba de forma críptica esa tarde en el puente de la presa.

En todo eso pensaba Dylan cuando ya desde cierta distancia vió a Clarisse sentada en un banco antes de llegar al puente. Se saludaron sin darse si quiera un beso en la mejilla.

- ¿Cómo estás?. Tom y los demás están preocupados porque no te ha visto nadie en dos semanas.

- Estoy muy bien, gracias. ¿Qué tal tú?.

- Bien. Tengo algo que quería decirte. Estas dos semanas he estado pensando mucho en ti y quiero pedirte perdón por todo lo que te dije el último día.

- No te preocupes, está olvidado.

- Me gustaría que nos viésemos otra vez. Te echo de menos. ¿No has pensado en mí estos días? ¿Qué has estado haciendo?

- Sí, claro. Poca cosa, he estado encerrado en mi habitación pensando. No creo que sea una buena idea seguir saliendo juntos, Clarisse. Tu misma dijiste que esta relación no nos llevaba a nada, no estábamos lo suficientemente unidos y...

- Bueno, pero todo eso va a cambiar, ya lo verás.

- No lo sé, estabas convencida de que yo no era hombre para ti...

- Pero ahora sé que sí. Vamos a estar muy bien juntos. Tenemos algo muy bonito y vamos a ser muy felices. Dylan Jones, vas a ser padre, estoy embarazada de ti.

La Colina, de Rupert Brooke

La Colina

Sin aliento, nos echamos con el viento sobre la colina,
Reímos y nos besamos en el precioso pasto bajo el sol.
Tu dijiste, "A través de gloria y éxtasis pasaremos;
Viento, sol y tierra permanecerán, las aves aún cantarán,
Cuando seamos viejos, cuando seamos viejos..." "Y cuando muramos
Todo lo nuestro terminará; y la vida seguirá ardiendo
A través de otros amantes, otros labios," dije yo,
"Corazón de mi corazón, nuestro paraíso es ahora, ¡está ganado!"

"Somos lo mejor de la tierra, y su lección aprendimos aquí.
La vida es nuestro grito. Hemos conservado la fe". Dijimos;
"¡Nosotros bajaremos con paso firme
coronados de rosas a la oscuridad!"... Orgullosos estábamos,
Y reímos, de tener tan valientes palabras que decir.
Y entonces rompiste a llorar, y apartaste la mirada.

miércoles, 24 de abril de 2013

Fahrenheit 451, Ray Bradbury

"O marcharemos por las carreteras ahora, y tendremos tiempo de aprender cosas nuevas. Y algún día, cuando estas cosas lleven un tiempo con nosotros, saldrán a nuestras bocas o a nuestras manos. Y muchas de esas cosas no servirán, pero sí otras, y en número suficiente. Comenzaremos a marchar hoy mismo, y veremos el mundo, y cómo el mundo se pasea y habla, y cómo es realmente. Quiero verlo todo ahora. Y aunque nada de esto me pertenezca, mientras lo miro me pasará el tiempo, y se irá depositando en mí, y al fin todo será yo mismo. Mira el mundo allí afuera, Dios mío, Dios mío, míralo allí afuera, fuera de mí, más allá de mi cara. Sólo hay un modo de tocarlo: hacerlo finalmente mío, metérmelo en la sangre, donde latirá diez veces, diez mil veces en un día. Lo tendré siempre conmigo para que nunca se me escape. Lo tendré conmigo algún día. Por ahora lo he rozado con la punta de los dedos. Es un comienzo."